El Camión Floreado



-Es la lógica -me decía-, no importa lo que pienses, ¡es la lógica!

Claro, él no sabe que yo me dedico más que nada a las ilogías, y no tanto a la lógica, pero tampoco quiero desilusionarlo. Quizá debería hacerme una tarjeta de presentación: "Sir Henry McPotus, ilógico". No, mejor "violador de lógicas", tiene más estilo. Es verdad eso de que los taxistas tienen una filosofía un tanto cabeza, como este que decía que era "la lógica" que el hombre mantuviera a la mujer, y que por eso su hijo tenía que estudiar derecho, y no teatro. Yo quise contradecirlo, hasta que me di cuenta que mi novio iba a tener que bajar a pagarme el taxi, pequeñas casualidades de la vida.

-Y, claro que él tiene que venir a pagarte el taxi, porque el hombre tiene que mantener a la mujer.

Había una vez, me encontré con el mejor taxista de todo el universo. Tan indignado porque los camioneros ganaran más que los médicos, que sostenía que todo el mundo, si quería vivir bien, tenía que aprender a manejar camiones.

-¿Vos qué estudiás? -me dijo.
-Mmm... historia del arte.
-Bueno, ahí tenés, te vas a cagar de hambre toda la vida.
-No, claro que no, voy a poner una panchería con mis colegas.
-No, vos lo que tenés que hacer es aprender a manejar un camión. ¿Qué estudiás? Arte... entonces le pintás toas flores de colores por afuera y enseñás arte mientras manejás el camión. Imponés una nueva moda, "el camión floreado".
-Es una buena idea, de hecho... ¿la patente está pendiente o...?
-Además, hay otra cosa, ¿vos sos mujer?

¿Es una pregunta o una aclaración? Creo que hoy se nota particularmente que soy una mujer.

-Vos como mujer, vas a tener un hombre que te mantenga. Por eso a mi hijo, que quería estudiar teatro, le dije "Si querés estudiar teatro, agarrás tus cosas, te vas de la casa, te conseguís un trabajo, y estudiás teatro. Te vas a cagar de hambre, ¡acostumbrate! Es la vida que vas a tener". Ahora estudia derecho, le va bien. Así, algún día va a poder mantener a su mujer, a una chica como vos, para que ella pueda hacer arte mientas él trabaja.

¡¿Qué carajo?!
...

El Rey del Caos




“Para él, escribir es una cuestión de poder: maneja el tiempo y el espacio a su antojo, nunca le faltan prostitutas ni drogas pesadas. Dentro de los cuentos es un dios”
McPotus.


Conocemos la tendencia psicodélica que tienen los martes a la noche. Claro, como nadie sale en esta ciudad asquerosa, el universo se toma sus licencias y los colores empiezan a tomar formas extravagantes y a formar figuras extrañas en el cielo. O por ahí es que se modifican nuestras retinas, o se libera alguna sustancia alucinógena que nos hace flashear lo que ya dijimos. Total, no se rompe el orden del universo, porque no hay nadie en la calle, de forma que nadie se da cuenta.
Nosotros dos, sin embargo, estábamos ahí en uno de los dos bares abiertos, extasiados por la charla filosófica que, sin querer (porque no podría ser de otra forma), había surgido entre ella y yo. Hay algo que tiene la gente de ojos claros que me llama la atención, que es que te miran como si no supieran que los tuvieran. Te encandilan indiferentemente fingiendo que no tienen nada especial, cuando en realidad deberían tenerlos un poquitos más cerrados, por precaución y respeto, y para no levantar tanta envidia.
Ella tenía esos ojos abiertos de par en par como los pone cuando se emociona por algo, y me explicaba con ganas sobre su teoría del caos, pero tuve que dejar de escuchar porque no podía parar de pensar en la tragedia que se aproximaba.
-En definitiva, acepto el caos como estructura del universo, porque si no la vida sería demasiado monótona… me aburriría mucho, la verdad.
Tuve que interrumpirla. Detrás suyo las luces del cartel del bar se elevaban y se trenzaban entre las nubes como el pensamiento más retorcido de alguna especie de roedor africano.
-¿Sabés en qué no puedo parar de pensar?
-No, ¿qué pasa?
-Vos estás muy tranquila, explicándome tu teoría del mundo caótico, con la cervecita… todo bien, todo bien, digamos. Pero… pero no puedo ignorarlo. Dentro de una hora y dieciséis minutos el muy hijodeputa de tu gato va a mearme la campera.
-Ehm… sí, claro, cuando lleguemos a mi casa. Pero, si lo mirás desde cierto punto de vista, no sé por qué te preocupa tanto si no podés hacer nada para evitarlo. Deberías concentrarte en escribir la situación de esta charla, y por ahí detallar todas las cosas copadas que están pasando en el cielo con las luces de la ciudad. Más adelante vas a llegar a la historia del gato.
-Sí, Pichón, pero… ¡es un forro! Va a mearme toda la campera, sin motivo ni razón, es un forro.
De repente una de las luces que daban vuelta, una particularmente ultravioleta pasaba por arriba de su cabeza y tomó forma de lamparita mientras sus ojos (sí, encima abrió todavía más los ojos, como para dejarme ciego) se abrían de par en par con la epifanía que acababa de tener.
Es el caos! Es justamente de lo que estábamos hablando. No podés hacer nada para evitarlo porque el hecho de que el gato vaya a mearte la campera es puro caos. ¿Por qué no lo aceptás? Te veo distraído, ¿qué estás haciendo?
-Ah, ¿ahora? Es que estoy en clase de Fundamentos de la Educación, escribiendo esta charla de anoche.
-En realidad esta charla no existió, si te das cuenta, estás forzando a mi personaje de la charla de anoche a responder a tus preguntas posteriores, como lo del gato que todavía no pasó. Incluso ahora estoy dudando que lo de las luces de colores en el cielo sea verdad.

-Bueno, sí, claro. Es que me gusta jugar a ser Dios, o mis últimas neuronas están haciendo una sinapsis un tanto psicodélica.
-Un poco de ambas, seguramente –dijo- pero, ¿entendés lo que te digo del caos? Por ejemplo, ahí se acerca el chico del bastón, que viene a vendernos el libro.
-Ah, entonces vos también sabés lo que va a pasar.
-No te hagas el idiota. Decía que el chico justo se acerca cuando estamos hablando sobre escribir libros, y viene a mostrarnos el suyo. Eso sería orden, pero el hecho de que haya orden dentro del caos, hace que sea más caótico, porque si el caos siempre fuera caos, sería demasiado ordenado.
-Ahí viene Javier…
El chico de los libros, Javier, se ayudaba con el bastón para caminar… tenía algún problema en la pierna izquierda. Pero también lo usaba para espantar las nubecitas fluorescentes que se acercaban a molestarlo y a burlarse de su caminata.
-Hola, chicos, les comento que yo soy el autor de esto libro, me llamo Javier…

-Sí, sí, ya sabemos –le dije-. Ahora, tengo una pregunta para vos. ¿Pensás que el hecho de que hayas aparecido justo cuando hablábamos de vos es orden, o es caos?
-Eh… yo de orden y caos no sé… mi libro trata de la vida y la muerte.
-Sin duda, lamentablemente.
-Esto me recuerda un poco a Pirandello –dijo Pichón.
-A mí un poquito a Lynch. Al final no tengo nada propio, soy plagio de plagio.
-Y bueno, si plagiás bien, no hay problema. No podés pretender ser original en el siglo veintiuno, ¿o sí? A quién le importa, después de todo.
-¿Ya me puedo ir? ¿Me van a comprar el libro, o…?
-No, la verdad que no sé por qué seguís acá, deberías estar tratando de venderle a la parejita de esa mesa.
Javier se fue a donde le dijimos, pero las lucecitas que ahora le daban vueltas alrededor lo tiraron al piso, y quedó como una tortuga intentando levantarse sin éxito. No importó mucho, porque en unos segundos se evaporó.

-Lo único que puedo concluir de todo esto es que no me importa el orden ni el caos, pero siento un profundo odio hacia el meón de tu gato.
-Sabés que todo va a salir bien.
-¿Y vos cómo sabés? Al final, ¿yo te escribo a vos, o vos a mí? Estoy confundido.
Ya no pude verla más porque las luces bajaron de repente en una niebla espesa de color indefinible, pero en el medio de todo eso podía ver sus ojos brillando y escuchar que me gritaba:
-No importa, ¡es caos!

Aquellos lindos días


Recuerdo hace un par de años la gripe porcina. ¿Cómo le decían? El Virus H1n1. No me acordé, lo busqué en Google. No fue jodido lo de la gripe hasta que los infectados empezaron a transformarse en zombies. Buen momento elegí para mudarme con la francesa. Le recomendé que tapiáramos las ventanas para evitar a los muertos vivientes, pero resulta que ella quería lucir sus cortinitas nuevas. Las francesas son así…
Por suerte mi abuelo, que es tan fanático del orden y la limpieza, me regaló un pinche para juntar las hojas caídas de los árboles. Claro, todavía era otoño. Salíamos todas las mañanas, cuando pasaba a visitarme. Cada uno tenía su pinche. Eran palos de madera con un clavo en la punta. Él usaba el suyo para levantar hojas, las cuales iba metiendo en una bolsita que llevaba. Yo usaba el mío para matar a los zombies golpeándolos en la cara cuando se acercaban corriendo, y para hacerlos mierda contra la vereda hasta que no pudieran moverse.
Antes de ir a almorzar, poníamos todas las hojitas y los cadáveres juntitos en una pilita, y prendíamos fuego todo… añoro aquellos otoños dorados.

Vivir en el mundo real es evadirse de las fantasías.



Claro, ahora tooodo tiene sentido, La Conspiración no se basaba en recopilación de datos para posterior ataque a los navíos, yo creo que tenía más que ver con hacer el otoño más largo para que las hojas caídas de los árboles cubrieran las metrópolis, gigantópolis, megalópolis y acrópolis para acabar con el mundo civilizado tal y como se lo conoce. Quizá terminábamos en una fantasía anarco-primitivista o por ahí pasaba lo contrario y ese "borrón y cuenta nueva" no hacía más que incitar a la ciencia a ser más eficiente, rápida, pragmática, maquiavélica y poco ética para terminar cayendo en la típica distopía sin retorno. Es casi tragicómica la situación.
El tema es que yo estaba ahí, en el medio de todo, en un estado casi catatónico de alienación que me había agarrado cuando me di cuenta que no me habían dado el ticket en el chino. Por un lado la incertidumbre: siempre dan el ticket, no puede ser. Por el otro lado, el dilema ético, pero las implicancias socio-económicas, políticas y patrimoniales se metían para opinar. Al final decidí relajarme, aunque ya hacía rato había encontrado el ticket en mi bolsillo sólo que no había podido parar el mono-debate o "las internas" como me gusta decirle. Cuando volví a la realidad, La Conspiración había actuado. No sabía muy bien qué era lo que había cambiado, pero estaba ahí, a punto de atacar en cualquier momento mi derecho de libre circulación... ¿o era el de libertad de expresión? No, creo que se trataba de sacarme mi flora intestinal para desarrollar un ser arcaico-mitológico con un enorme dispositivo clepto-megalómano, que no pudiera detenerse en su imperioso afán de destruir el arte contemporáneo.
O por ahí estaba tranquila en el mundo real mientras desesperaba en ese estado criogénico que me hizo imaginar una

hecatombe existencial. ¿O fue al revés? En realidad estaba tranquila en mi apocalipsis cuando imaginé por mezclar drogas alucinógenas con alucinógenos no narcóticos (¿o eran chocolates?) este mundo temporalmente engañoso, y que con su alevosía se muestra como un edén en potencia.
¡Oh, destrucción final de los mundos, distopía mía! Cuándo será que despierte de este horrible sueño, en este mundo donde hay árboles, y agua, y gente feliz, y pueda volver al oscuro calabozo donde no daba culpa quedarse encerrado jugando al ta-te-tí con un oso espacial porque nunca había días soleados que pudieran aprovecharse mejor afuera. Aquel, mi mundo, donde la fatiga es buena porque mover en exceso los músculos se considera egoísta y ominoso, por utilizar sin un serio objetivo energía que es del universo, universo al cual no pertenecemos por haber sido desterrados en aquel conocido episodio del año 7980, que no hace falta recordar en este momento. ¿Cuándo volveré?
Bueno, mejor vuelvo ahora. Besos.

Vacaciones


Las medias van en este cajón. La ropa interior va en este. ¿La acomodo por colores o por tentura? Mejor espero que la ropa elija sola dónde ir. Acá entra todo. No, me había olvidado de las medias que no tienen par. Pero esas podría tirarlas por ahí, o clavarlas a la chimenea. ¡Qué tonta! No tengo chimenea. Despertar. Lavarme los dientes. Me duelen las encías. Correr para agarrar el micro. Monedas al lado de la cama. Micro azul. Corro corro, autos vienen de ocho lados distintos para pisarme. En el reflejo de la ventana del asiento del fondo veo que ni me miré al espejo antes de salir, estoy toda despeinada, y con ojeras de maquillaje. Llego a casa (?), una casa. Abro, ventilo, que entre aire, aire, aire. Ordeno, apilo las hojas, las paso una por una, las clasifico, las reapilo, las corro, las guardo en un cajón. Vacío los cajones, los limpio, miro las cosas, me acuerdo de cosas, me acuerdo de gente, guardo las cosas en otros cajones, que voy a limpiar otro día. El escritorio quedó vacío, todos los compartimientos perfectamente limpios. Debe pesar veinte kilos menos, pienso, respiro, aire, pienso. Sigo ordenando. Tirar cosas, no tirarlas. Tirarlas es malo, no tirarlas es peor. Deshacerme do todo, ¿o reutilizar todo?. Quiero ocupar menos espacio, transformarme en el cálido punto central del universo en torno al cual todo gira y gira. Limpio la madera, limpio los pisos, limpio la ropa. A mano. Mis manos. No usar electricidad, bueno; usar mucha agua, malo. No sé qué hacer. La lavo igual. Ropa blanca al sol, ropa de color a la sombra, dada vuelta, tapada con veinte paraguas. Hablando de paraguas, ¿va a llover?, ¿Se va a mojar la ropa? La blanca, claramente. ¿Qué importa? Es agua, después de todo. Cocinar, seguir ordenando, ¿dónde está la lavandina? Contestame. Comer, comer comer, comer, caminar, comer. Jugar al tetris. La pieza en forma de T va acá, la barra larga va allá, el que es como una L, girar, girar, girar, acá. ¿La ropa se secó? La media va acá, las mallas allá, la lavandina acá. El mate se enfría. ¿Hoy a la noche cómo hago? Me junto con los chicos a las 8, pieza en forma de L, y con papá a las 11, barra larga, después va a surgir algo más y después me vuelvo a dormir, tetris. Ya entró toda la ropa en el placard. Y no necesité más perchas. LA PUTA MADRE, me quedó esta vincha verde afuera. Ya (recontra) fue, me la pongo en el pelo, puedo convencerme de que la necesitaba. No tengo plata. Y con estos tres chanchos, ¿qué hago? Los puedo pintar, están descoloridos. Y también tengo que teñir la ropa. Tengo que comprar anilina (¿cómo se escribirá). Me van a decir hippie, por teñir la ropa, pero es que está manchada. Ya fue, no más de uno o dos colores por prenda, así la zafo. Llamar a la gata. Bañarme, ir a los chinos, guardar las fotos, sacar las fotos. Echar a la gata. ¡Qué buen mate! ¿Llamo a la Chancho, o al Pichón? Vaciar la mochila, llenar la mochila. Ahora tengo plata. Comer, comer sola, comer con mi familia, comer con su familia, tu familia, nuestra familia, alguna familia, un grupo de desconocidos. Me duele la espalda. Nunca había tenido un calambre. Me gusta lavar ropa a mano. Me gusta el sol. Debería tardar menos en bañarme. Los colores vienen en paquetes de tres pesos. Cuando camino siento efectos narcóticos. Me llega un mensaje. Es el aniversario de algo. Cierro la puerta del patio con llave, la abro, la cierro, la vuelvo a abrir, ¿me acordé de cerrarla? No puedo creer que este reloj anda. Ah, no. Está una hora atrasado. No importa. Dónde está esa pulsera. Hoy debo haber visto aproximadamente cuarenta y siete pulseras y media. Encontré un lápiz que perdí hace cuatro años. Tengo muchas carteras, nadie lo creería. No se lo digas a nadie. Pero la verdad es que ninguna me la compré yo. ¿Está mal robarle un libro infantil a una niña? Es que lo necesito para doblar la ropa. No se va a dar cuenta. Por ahí lo encuentre en cuatro años, como me pasó a mí con el lápiz. Prendo el tele, lo apago. No sé si cambiaron los canales de lugar o si hay una conspiración para hacerme creer que estoy loca. No me molesta ninguna de las dos. En el peor de los casos (el segundo) hay mucha gente muy rebuscada pensando en mí. El mate está lavado, pero me gusta más así, tengo que admitirlo. Por ahí nunca me gustó el mate, me gusta el agua caliente. ¿Cuántos pasos habré dado hoy? Muchos seguro, pero me da miedo arriesgar un número porque soy muy mala con las nociones. Sacar la ropa de la soga, doblar, colgar, desdoblar, decolgar, mate, contar números pares sin parar y morder el aire,en cada número que rima con biscocho.

Qué buen día, nunca más me quejo de estar en vacaciones.

Chanchos Voladores (el garbanzo peligroso)




Mer y Fran Lambre, capísimos.

Oh My God!



Caminaba con dos bolsas de aproximadamente quichicientos kilos y medio cada una, y Poroto andaba con una cebolla de verdeo en la mano, fingiendo que era un plumero, o por ahí era un plumero y fingía que era una cebolla de verdeo.

-Con todas estas verduras, Porotín, vamos a hacer una tarta enooorme" -dije.
-¿Vamos a hacer una tarta?
-Sí.
-¿Y va a ser más enorme?
-Sí.
-¿Y va a ser gigante, gigante, GIGANTE?
-¡SÍ!
-¿Va a ser tan grande para JESÚS?
-¿EHH? ¿Para quién?
-Para Jesús.
-¿Y quién es ese?
-Es ese que... está en el cielo, y... y hicieron un muñeco de él que está muerto, en... en la catedral.
-Jajajaja.
-¿Vamos a hacer una tarta para Jesús? ¿Y se la damos cuando nos morimos y vamos al cielo?
-JAJAJAJAJA. Yo no creo en Jesús, Poroto, la tarta es para nosotras
-¿Qué dijiste?
-Que yo no creo en Jesús.
-Pero si yo lo vi... una vez soñé con él, y con Dios, y lo vi en el cielo de Los Simpsons...
-JAJAJAJAJA. Estás sacando tu formación religiosa de Los Simpsons, Porotita, eso no te da mucha credibilidad.
-Nooo, preguntale a Mamá, o a cualquier persona de todo el universo y ta va a decir que Dios existe.
-Jaja. Pero Mamá cree en Dios, y otras personas también, pero yo no, y hay muchas personas que no.
-YA VAS A VER. Cuando te mueras vas a ir al Cielo y lo vas a ver.
-¿Y vos qué sabés, pendeja? Tenés cinco años, ¿vos cuándo te moriste?
-YA VAS A VER. YA VAS A VER.
-Cuando me muera no voy a ver nada, porque voy a estar MUERTA.
-Yo me voy a morir con vos, así lo ves, así te lo muestro.
-Bueno, hagamos eso, pero tenemos que morir juntas, ¿eh? ¿Trato hecho?
-¡Trato hecho!

Tres cepillos azules y la mamá voladora


Se estaba cepillando los dientes. Por primera vez en dos días. "¡Asco!", pensó. Después de todo, era la primera vez en dos días que pisaba la casa. "Bueno", se dijo, "el cepillo a la mochila. Y se queda ahí".
Cepillo a la mochila.

El siguiente espejo en el que se vio mientras se lavaba los dientes unas horas después era un poco más grande, y mientras lo ojeaba se percató de un granito surgiendo de las profundidades de su cachete izquierdo. Horror. El cepillo quedó olvidado en algún lugar de la mesada del lavamanos.

Mañana siguiente. Llega a su casa. "Sí, pendeja cara de mono", le dijo a su hermana, "dejame un segundo que recién llego, quiero desayunar y lavarme los dientes tranquila". Llegó al baño y con horror comprobó lo que venía anunciándose: "Carajo, se teletransportó".
El cepillo la esperaba exactamente donde solía esperarla antes de que ella lo raptara de su hogar. Quizá no se sentía cómodo con el cambio. O por ahí el asistente de utilería (considerando que su vida fuera una especie de Truman Show) había notado la ausencia y lo había repuesto cometiendo un grave error de continuidad.
"Esto da miedo", pensó. Agarró el cepillo azul y lo metió de nuevo en su mochila.
Cepillo a la mochila.

Esa misma tarde, de nuevo a la casa del espejo grande. O la casa de su pareja, como quieran decirle. Pero el espejo grande viene más al caso.
Lo temía.
Se anunciaba.
Por instantes lo anhelaba, quizá sólo por amor al misterio.
Así era, el cepillo estaba también ahí, esperándola, mirándola desafiante con sus cerdas blancas todas despatarradas de tanto franeleo dental.
"La re pu***", dijo, "No puedo ser tan ezquizofrénica".

Noche siguiente. Hora de la cena, su casa.
"¿Vos no te llevaste mi cepillo de dientes, por casualidad?", preguntó la mamá voladora.
"¿Huh?"
"Es que... a ver. Yo tenía un cepillo igual al tuyo, azul y todo eso, pero lo guardaba en mi pieza para que no nos lo confundiéramos. Cuando te llevaste el tuyo puse el mío en el baño y ahora no lo encuentro. Calculo que te lo llevaste. Igual no te preocupes, ya me compré otro".
"Mmmm, ahora todo cobra sentido".

En las profundidades de la mochila estaban los dos aguardando, riéndose por lo bajo. "Idiotas", pensó.
Agarró el que no era suyo. "Creo que mi mamá no va a querer más esto". Lo tiró al tacho.
Cepillo al tacho.
Agarró el suyo y fue al baño a devolverlo a su hogar.
En el baño, un tercer cepillo azul intentaba ganarse el derecho de piso.
"¡MAMÁ! ¿Puede ser que seas tan paralítica mental y te hayas comprado un cepillo igual a los que teníamos?"
La mamá voladora apareció flotando en el vano de la puerta.
"Ah, sí, es que cuando llegué al supermercado ya me había olvidado cómo era mi cepillo anterior, y me compré el primero que vi. Después me di cuenta, sí."
La miró idiota.
"Igual", me dijo, "por las dudas me lo llevo a mi pieza para que no nos los confundamos".
Volví a poner mi cepillo en su lugar y ella se llevó el suyo como ya había hecho alguna vez.
Era obvio que todo se iba a repetir.

Aventuras Chanchas2



Estaba colgado cabeza abajo en el calabozo. Los ninjas me cacheteaban cada veintisiete segundos con una papafrita mojada y con olor a pescado: odio cuando mezclan el aceite. Querían saber dónde estaba escondiendo el apendicitis; les dije que lo olvidaran, que nunca iba a ceder, pero lamentablemente usaron la pluma de pez volador para hacerme cosquillas atrás de la orejita y les develé con carcajadas mímicas la locación del frasquito infectado.
El apéndice enfermo bailaba rumba cuando los ninjas levantaron el recipiente del piso, y lo observaron al ritmo de la melodía. Al fin, en sus manos, la muestra mortal de apendicitis contagiosa, una enfermedad que puede dejarte bailando como centroamericano tres soles seguidos. Y conseguí engendrarlo en ellos sólo por decir que jamás se los daría. Ahora todo un enjambre de asesinos orientales insensibles va a menearse al ritmo de mis problemas apendicíticos. Ay, ¡cómo me gusta la psicología inversa!


Chanchin' Around





Gregorio Samsa despertó como un bicho enorme y feo; yo desperté una mañana cualquiera como un hermoso chancho. Pero es así, no todos tienen mi suerte. En realidad, no quiero crear confusiones, venía despertando en esa forma desde siempre, pero vale la pena la imagen de que fue una mañana la que desperté así, kafkianamente, en dos sentidos. Por un lado, porque me sentí un poco como un bicho raro y, por el otro, porque ese día se me cayeron -como al amigo Gregorio-, todas las estructuras del mundo, o por lo menos las estructuras que caben en la mente de un chancho parrandero.
La vida porcina es muy sencilla, algunos podrían pensar, pero tengo que desmentir esta errónea idea sobre mi especie. Lejos de vivir en la comodidad de un cálido chiquero, comiendo y defecando todo el día, tengo que contarle a mis amigos que, por más que les reconfortara la idea de que existiera esa paz en algún sujeto -si bien porcino-, no existe tal posibilidad en los tiempos contemporáneos. Yo también tuve que estudiar, tuve que trabajar para mantener a mi familia, me levantaba temprano para tomar el micro, después otro micro, después un subte y voilá, el trabajo. Pero todo eso no importa, una mañana el jugo de naranja estaba raro.
A veces esas cosas se dan. No puedo decir que me pasó más de una docena de veces, ni siquiera puedo decir que me pasó más de una sola vez, pero suena bastante normal que un día tu mujer tenga el irresistible antojo de echar en el exprimido del desayuno una tableta entera de pastillas antidepresivas molidas... quizá con el simple instinto infantil de la experimentación sobre las reacciones biológicas en el cuerpo chancho (me gustaría imaginar). Pero esta vez la curiosidad no mató al gato, sino que casi mata al puerco y, es más, hizo que el puerco vomitara treinta y siete minutos seguidos mientras la muy bruja intentaba revisarle la garganta con un cuchillo de carnicero. Por suerte, con la poca fuerza que me quedaba, la saqué a las patadas y cerré la puerta del baño. Odio cuando la gente intenta matarme, sobre todo cuando es mi esposa, porque uno está tan acostumbrado a su presencia que termina olvidándose que siempre está al acecho. También están los riesgos de dormir en la misma cama... por eso nunca me olvido de guardar la navaja debajo de la almohada.
Fuera del detalle del intento de asesinato, lo interesante y radical que pasó ese día fue que, cuando estaba levantándome de la recomendada posición “abraza-el-inodoro-para-vomitar”, tuve el desafortunado inconveniente de pisar un charco de pulpa de naranja y narcóticos que había sido convenientemente rechazado por mi sistema digestivo, pero que lamentablemente me hizo caer y romperme una pierna: más específicamente, la derecha. En ese punto, supe que no podría ir a trabajar. ¿Cómo explicarle a mi jefe que me había quebrado sólo una pierna? Probablemente me quebraría la otra a mazazos sólo para mantener la simetría.
-Jefe, no voy a ir a trabajar, jefe.
-¿Cuál es el inconveniente cuál es?
-Lamentablemente se me cayó un plato de cereales y tengo que ponerlos en fila y ordenarlos por apellido y tamaño, lamentablemente.
-Haberlo dicho antes haberlo dicho. Son cosas que pasan son cosas.
El engaño estaba casi realizado cuando mi mujer, que ahora manipulaba una motosierra con la que intentaba atravesar la puerta, pegó un agudísimo grito irlandés de batalla.
-¡Puerco! -dijo el jefe- ¿no será esa su mujer tratando de asesinarlo no será?
-Pues no, jefecito, pues no.
-¿No será acaso ese olor que siento una pierna rota, quizá la derecha, no será?"
-No, jefecito, no lo es, no -dije sacando un abanico japonés para deshacer los hilos de olor que salían de mi hueso roto y se metían por los agujeritos del teléfono.
-Esto es intolerable… -empezó a decir el jefe, pero la comunicación se cortó cuando mi mujer, completamente enloquecida por el olor disipado que le había despertado sus instintos como tiburón en un centro de donación de sangre, pudo atravesar la puerta y cortó el teléfono a la mitad con su sierra, ¡la mismísima sierra eléctrica que yo le había regalado para navidad! En una maniobra de pequeños saltitos en una pata, alejándome de la histérica con un cepillo de dientes al que le tenía particular miedo, pude huir del departamento aunque, por supuesto, tuve que hacerlo a través de una ventana, cayendo tres pisos sobre el enorme plato de espagueti de una cantante de ópera que se proponía clavar el tenedor. Notó mi presencia, sobre todo por la salsa de tomate que le salpicó la cara, pero pareció no disgustarle la idea de un poco de carne de puerco (todavía sin afeitar) en su pasta italiana. Entonces, para no desaprovechar el esfuerzo muscular que había realizado al levantar el tridente, decidió completarlo de todos modos, clavando con esfuerzo el cubierto en una de mis nalgas (la más bonita de las dos, por cierto). A nadie le gusta comer comida ofendida, y fue tanto lo que me ofendí por esa incisión en mi hermoso glúteo que la mujer se vio avergonzada y se fue, aprovechando para no pagar la cuenta que el mozo todavía le mostraba a los gritos de "Signora! Signora!" cuando la muy ratona ya estaba a más de un kilómetro.
Para todo esto, mi atrofia física era tal que sólo difícil y lentamente había podido erguirme y escabullirme yo también del local (no fuera a ser que se les ocurriera hacerme pagar a mí), encontrándome sin destino en la calle. No podía volver a casa, donde probablemente la loca estuviera afilando hasta el último hisopo del botiquín con tal de hacerme puré de chancho; y tampoco podía ir al trabajo, ya que la caída me había hecho perder mi adquirida habilidad de hablar en capicúa para que mi jefe no se molestara. En fin, pareció un buen momento para rehacer mi vida.

Anduve vagueando entre los edificios unas horas, hasta que me di cuenta de algo terrorífico: faltaban cinco minutos para la una de la tarde, hora universal del almuerzo (probablemente el segundo o tercero ya del día para la cantante de ópera gorda que había conocido esa mañana). Sin ningún tipo de dinero (ni siquiera yenes) y con una pata rota que chorreaba sangre, no tenía la posibilidad de entrar a ningún restaurant. No sabía qué podía llegar a pasar cuando la hora llegara, cuando el hambre me atacara. De repente, paralizado por el miedo, escuché las campanas de la torre que marcan la temida hora trece. La gente desesperó y empezó a amontonarse en los restaurantes: los edificios de oficinas se vaciaron y los empleados salieron en manada, como pequeñas cucarachas, para entrar al galope del mismo modo en los comederos. Los gritos llenaron el aire, las pisadas hicieron retumbar la tierra, hasta que sonó la última campanada y nada. La ciudad parecía el mismísimo desierto, todo se veía vacío y seco, sólo escuchándose el murmullo proveniente de alguno de los lugares donde la gente se había amontonado. Allí estaba yo; las nubes se corren para dejar al descubierto un sol asesino que pegó de lleno en mi piel, en mi hermoso y voluptuoso vientre, que comenzaba a lanzar gemiditos por el ombligo, como ya sabiendo lo que le esperaba.