Varieté (Gaviota Punk)
Después de tantos días caminando en el desierto, empiezo a preguntarme qué pasó con la gente que venía caminando al lado mío. A Gabriel se lo intentó comer un cocodrilo; de eso me acuerdo. Pero, ¿no salió volando? ¿Qué pasó con sus alpargatas? Me las había prometido cuando lo ayudé a activar el home banking. No se puede confiar en nadie.
No importa, ya voy a llegar a la falta de expectativas. Sólo tengo que olvidarme de pensar el tiempo suficiente. Por ahí si me concentro en los sonidos va a ser más fácil. ¡Ahí va una gaviota! Dependiendo de la postura de las estrellas, las cosas salen más o menos delicadas. Delicado es cortar pasto húmedo con los dedos de los pies, mientras pensás en lo poco aprovechado que está ese dulce patio inclinado, y una procesión de hormigas negra transporta cincuenta veces su peso en forma de trozos de hoja de ginkgo.
Pero basta. No es hora de ponerse cursi. No compartas tus emociones, compartí sánguches de milanesa, que hacen feliz a todo el mundo.
Había una vez una persona tan pero tan particular, que llamaba la atención de todo el mundo. ¿Qué era tan particular en esa persona? Nada en particular, simplemente sus múltiples particularidades. Tenía una forma particular de hablar, una forma particular de caminar, una forma particular de jugar al ajedrez. Todo en su vida, desde su particular nacimiento (en medio de un campo de batalla entre humanos y marcianos) hasta su particular muerte (decapitado por un hacha en el día de su coronación como presidente de la galaxia), estuvo signado por una extremada rareza y sobrenaturalidades inexplicables.
Sin embargo, su postura sobre el peronismo era bastante cliché.
Sólo estoy precalentando, no te angusties.
Ya va a venir, todo cargado el caudal de ideas.
Fluyendo entre grafismos virtuales,
por las eternas redes.
Fragmentos de consciencia
Cuando la línea negra se bifurcaba resaltando sobre el fondo verde, se preguntaba sobre su propia capacidad de sentir. ¿Qué es ser menos que una representación visual? Ser un mero fragmento de línea que, por alguna casualidad cósmica, tiene consciencia de su existencia y de su incapacidad para actuar y decidir sobre su destino... Pero tampoco lo había intentado. ¿Es posible... el movimiento?
Con toda la energía que podía extraer de su incipiente conciencia y trasladar a sus inexistentes músculos de tinta, lentamente empezó a arrastrarse por el papel. Primero, con dificulta; luego, con soltura. Se movió, se enderezó, serpenteó, comenzó a crear figuras con su cuerpo informe, logrando cada vez con más facilidad desenvolverse. Fue una cuerda de guitarra, el pelo de una sirena, la línea del horizonte de un atardecer verde. Fue línea, círculo, triángulo, platillo volador, pan caliente.
Hasta que el universo se reacomodó y la consciencia huyó de la línea para volver a la mente del joven hombre desmayado en el piso. La línea cayó inerte, y nunca más supo de sí misma.
Y salió corriendo
El confesionario de madera había sido tallado por el bibliotecario del puedo de Anchoas. La Gran Biblioteca Municipal estaba a tres cuadras de la iglesia y a una cuadra de la carpintería. Rudo abría la puerta de hierro después de desayunar -lo que hacía variar el horario de apertura en un rango de unas tres horas entre las ocho y las once de la mañana- y se sentaba detrás de su viejo escritorio a esperar que algún joven aplicado o alguna ama de casa buscando nuevas recetas se acercara a aquel sagrado templo del saber.
-La iglesia es la casa de Dios, dicen los curas, pero no saben que Dios se la pasa leyendo en una biblioteca, no necesita ir a rezar porque no tiene a quién rezarle -pensó Rudo mientras contemplaba las estrías de la madera del escritorio de pino. Ese escritorio había sido realizado por su propio padre, algunas décadas atrás. Rudo había odiado a su padre desde que tenía memoria. Siempre le pareció un odioso viejo sin ningún interés u objetivo real en la vida. Rudo miró su reflejo en los vidrios de la puerta de hierro que se encontraba directamente frente al escritorio. En su reflejo vio un odioso viejo sin ningún interés u objetivo real en la vida. La barba gris no llegaba a tapar su antisonrisa. Quizá el mismo hecho de pasar cerca de treinta horas a la semana sentado en ese mismo escritorio esperando que llegara algún lector -o, como en la mayoría de los casos, algún borracho del pueblo que necesitara usar el baño o escapar de los gritos de su mujer algunas horas en un lugar tranquilo- era una forma de orgullo. Él no iba a ceder, se iba a quedar ahí sentado como si la biblioteca fuera el lugar más concurrido del pueblo, iba a actuar como si no estuviese sorprendido cuando más de tres personas el mismo día necesitaran su ayuda para encontrar un ejemplar.
-No sé por qué lo hago, de todas formas... La mayoría de estos estúpidos no sabe leer.
Se levantó de la silla y salió a la calle. Era miércoles. Serían aproximadamente las tres de la tarde. Los horarios eran muy relativos en Anchoas, casi nadie llevaba reloj, y muchos menos sabían leer la hora. De todas formas no importaba, las cosas se iban sucediendo por una suerte de ritmo natural, o ciclos de hambre y trabajo.
Rudo caminó hasta la iglesia donde Jom, el cura, tenía algunos muy similares planteos existenciales. El confesionario era una especie de gran caja de madera con los clavos salidos, amenazando los domingos con destejer los pulóveres nuevos de los borregos católicos que poco y nada sabían de no correr en iglesias, y mucho menos de no arruinar la ropa nueva. Rudo entró al confesionario con una sensación similar a la de entrar a un ataúd vertical, de muy mala terminación. Dentro del cajón, Jom pensaba seriamente qué habría sucedido si efectivamente hubiera decidido ser marino ese día de inflexión a sus dieciséis años, cuando terminó por decidir entrar en el seminario. Sus pensamientos fueron violentamente interrumpidos por el olor a libro viejo que traía Rudo encima. Lo reconoció enseguida, sin necesidad de verlo... lo que no significaba que no lo viera, detrás de la rudimentaria ventanilla que poco y nada ocultaba la identidad de confesores y confesadores.
-Quiero mandar los libros a la mierda -dijo Rudo.
-Bueno, bueno, hijo, esa no es forma de confesarse -dijo Jom sin que realmente le importara.
-Voy a ser carpintero.
Rudo no parecía estar pidiendo consejo ni nada por el estilo. Prosiguió:
-Quería avisarle a Dios que voy a ser carpintero, que mando a la mierda los libros... Seguro va a estar de acuerdo, Jesús era carpintero. ¡Bien por él, que no siguió la profesión de su padre!
-Hermano, está rozando la blasfemia -dijo Jom aún sin importarle en lo más mínimo.
-Vamos padre, no me diga que no ha dudado si el plan que creyó que Dios le había encomendado era el correcto...
Jom sabía que tenía razón.
-Carpintero, entonces...
Al día siguiente, con fondos municipales, se le encomendó a Rudo la realización de los nuevos confesionarios de la iglesia que, desafortunadamente, se desmoronaría en un terremoto quince años después. Los confesionarios sobrevivieron y fueron almacenados en el segundo sótano de la municipalidad de Anchoas. Cuando, en un polémico cambio de administración el edificio cambió su función de municipalidad a burdel de empresarios y políticos, hubo que desocupar los sótanos porque los hombres de negocios necesitaban un lugar donde apostar y hacer negocios, los confesionarios fueron enviados a un depósito provincial en una ciudad vecina que solía tener tratos sucios con políticos sudamericanos. Digamos que los tratos eran una mutua lavada de manos, si por "manos" entendemos "dinero".
En una situación particular en la que un diplomático destinado en Argentina se encargó de organizar una serie de actos cuyo motivo de celebración era desconocido para todos los asistentes que sabían que realmente se trataba de un acto de presencia político, se incluyó la compra de una serie de "antigüedades europeas" para que formaran parte de la nueva cancillería de la ciudad. Entre estas se encontraban los dos confesionarios, que fueron enviados por error, quizá el "error" se había debido a que los encargados del depósito estaban cansados de encontrar dentro de los confesionarios a los empleados más jóvenes teniendo sexo en horas de trabajo.
Al encontrar los confesionarios de madera, los asistentes del nuevo y corrupto cónsul resolvieron donarlos a la iglesia más cercana, en la que el cura Manuel tenía serias dudas existenciales.
-Perdóndame, padre, porque he pecado -dijo una voz un tanto andrógina del otro lado de la ventanilla.
Manuel se quedó mudo unos segundos. No estaba seguro si se trataba de una joven con voz grave o un muchacho con voz amanerada. Resultó ser un muchacho, que prosiguió:
-Me encuentro teniendo pensamientos impuros de carácter... sexual.
Había algo en la voz del joven que le resultaba extrañamente atractivo, una alegría que no dejaba opacarse por la culpa que le había hecho meterse en aquella máquina de limpiar pecados que de alguna forma había llegado a esa iglesia después de haber recorrido medio planeta.
-Tengo algunos amigos... que no son creyentes, claro. Y ellos suelen tener... encuentros, entre ellos. Y muchas veces me encuentro pensando en esto y teniendo ciertas curiosidades.
Manuel se lo imaginó inmediatamente en su cabeza. Dos muchachos de unos veinticinco años, bailando música electrónica en uno de esos condenados antros de drogas y alcoholes. El sudor, la energía... la tensión sexual. Un ámbito perfecto para el pecado. Los jóvenes bailando, pegados, saltando a la par. Los dos en su casa, sacándose la ropa. Los jóvenes músculos tocándose y la piel engallinándose con la sensación fantasma del ligero roce de los invisibles pelitos de la piel. Los jóvenes besándose...
-¿Padre?
Manuel volvió a la realidad. Le recetó al chico curioso inyectarse unas veinte aves marías y un par de padres nuestros y lo despidió, diciéndole que esa curiosidad era una prueba que le ponía el Señor para probar su fe y su resistencia a las tentaciones impuras. Ni él ni el joven creyeron una palabra de lo que dijo.
Cuando salió del confesionario, el joven terminaba de irse de la iglesia. El edificio estaba vacío, como las calles del barrio. Manuel entró a su oficina, donde pasaba la mayor parte del día, intentando no pensar en qué habría pasado si efectivamente hubiera decidido ser arquitecto. La oficina era una pequeña habitación oscura, que tenía una puerta que daba al santuario y una que permitía salir al parque trasero de la iglesia. Tantos años ahí adentro, tantas horas encerrado, sentado, esperando que alguien necesitara una guía espiritual que no podía ofrecerse a sí mismo.
Sin previo aviso, la puerta que salía al exterior se abrió completamente, quizá por una fuerte ráfaga de viento que decidió inspirar a un hombre en crisis.
Manuel se quedó en silencio, mirando a través de la puerta abierta, unos segundos. Afuera, el mundo exterior, verde. Tantas historias en ese mismo momento, tanta gente estaba recorriendo las calles de la mano de su amor, tantos con hijos pequeños sin dormir por la noche por culpa de los llantos hambrientos, tantos yendo y viniendo de trabajos estresantes o de estudios eternos y desgastantes. Un sueño hecho realidad. Y él ahí, esperando que Dios se decidiera a salvar el mundo.
-Si lo pienso no lo hago -pensó.
Y salió corriendo por la puerta.
Charlar
"Cuando se lave el mate", dijo Pupi mientras miraba a través del vidrio a su perra Florentina Martínez. Le había puesto de nombre "Florentina Martínez" porque consideraba que ella misma tenía nombre de perrito, así que era demasiado obvio que su mascota tenía que tener un nombre de ser humano, respetable y serio.
Florentina Martínez miraba a Pupi desde el patio de baldosas rojas, desde donde se esmeraba en poner la cara más enternecedora que sus capacidades actorales le permitían. Considerando que sólo había estudiado dos años de teatro, estaba bastante bien. De hecho, Florentina Martínez había considerado una carrera en el mundo del cine, pero después de su castración muchos de sus sueños juveniles se apagaron en un cono de vergüenza.
Pupi, por su lado, había dejado un par de sueños, también. Había querido tener un hijo, una vez. Pero Florentina Martínez terminó siendo su única compañera. Hacía meses que ya ni siquiera pensaba en la posibilidad. Por suerte sabía que su inutilidad de administrar su propia vida era la mejor excusa para ni siquiera tener que seguir planteándose el cuidar a otro ser vivo... Florentina Martínez no contaba: se cuidaba sola. Es más, Pupi sospechaba muy a menudo que era la perrita quien la cuidaba a ella, despertándola a la mañana cuando se quedaba dormida, protegiendo el departamento, y haciéndole sopa y té de jengibre cuando estaba mal de la garganta.
Además de Pupi y Florentina Martínez, en el departamento interno de tres ambientes con patio de baldosas rojas vivían dos pósters, algunos muebles viejos y un centenar de libros de los temas más amplios y variados, desde cocina tailandesa hasta ocultismo, desde autoayuda femenina hasta física mecánica. Pupi no leía mucho, Florentina Martínez sí. De hecho, luego de la mencionada castración, fue un hábito que comenzó lentamente a sustituir los otros sueños más atrevidos y joviales.
Pupi vivía en ese departamento -junto con Florentina Martínez y sus otros acompañantes-, hacía unos seis años. Antes había vivido con un novio, antes con una amiga, y antes con su mamá en Río Tercero. Cuando uno vive seis años con acompañantes no-humanos, hay ciertos hábitos que empiezan a desarrollarse gracias -o por culpa de- nuestra imperante necesidad de socializar todo el tiempo. Pupi había empezado a hablar sola unos ocho meses después de mudarse. Empezó con algunas exclamaciones. Por ejemplo, ese día que quiso prender un cigarrillo con la hornalla y se quemó las pestañas. "¡La reputísima madre!", gritó. Otro día, cuando casi se resbala en la ducha, no pudo evitar exclamar un "¡Carajo! Casi me voy a la mierda". El segundo indicio de auto-comunicación surgió con comentarios simpáticos a Florentina Martínez. "Hola, linda", "Vení, vamos al parque", "No, ahí no", y las otras típicas observaciones sobre el universo que pueden comentarse a un perro de raza indefinida. En definitiva, para pasar de un "¡Laconcha de la lora!" y un "No hagas pis ahí" a hablar solo, sólo hay un corto camino. A los dos años de vivir ahí, Pupi no sólo se comentaba el clima a sí misma y cantaba en la ducha, sino que podía incluso llegar a tener airadas discusiones. Cuando la cosa se ponía seria, tenía que frenar frente al espejo para dejarse las cosas bien claras antes de que la agresión verbal se transformara en física.
"Cuando se lave el mate", volvió a decir, esta vez mirando una mancha de mermelada en el mantel cuadrillé de plástico rojo. El agua, dentro del termo, empezaba a enfriarse. La yerba empezaba a cansarse.
Florentina Martínez, por su lado, también había empezado a hablar sola. Por supuesto, lo hacía cuando Pupi no estaba en la casa. A veces sacaba un libro, al azar, de la biblioteca, y leía pasajes enteros en voz alta. Sus preferencia eran las obras de teatro, ya fueran actuales o clásicas, buenas o malas. No importaba. Ella actuaba, en la lectura, todos los personajes, y se vislumbraba joven y con el pelaje radiante, en un magnífico escenario de madera, frente a cientos de personas aplaudiendo furiosamente, con las palmas de las manos en carne viva, a punto de explotar, por la intensidad de la ovación. A veces, cuando tenía cansada la vista de leer, o no tenía ganas de subirse al escritorio para alcanzar la biblioteca, Florentina Martínez inventaba sus propias historias, siempre con heroínas valerosas (que ella misma encarnaba, en su imaginación), que rescataban de la perdición a pobres perros abandonados o maltratados en los más diversos escenarios: barcos pirata, mansiones coloniales, guerras mundiales o, incluso, el espacio exterior. Cuando llegaba Pupi, de todas formas, se acababan las historias y sólo se dedicaba a cantarle canciones de cuna. Se preguntaba, a veces, quién cuidaba a quién.
"Se lavó el mate", dijo Pupi. Agarró una hoja y una lapicera y escribió:
"Hola, ¿cómo estás? Soy yo, Pupi, la vecina... del departamento cinco. Quería decirte... bueno, quería escribirte. Por ahí -no sé, pero por ahí- tenés ganas de pasarte a tomar unos mates un día de estos. Yo estoy toda la tarde acá, siempre, sola... Bueno, sola no, estoy con Florentina Martínez, mi perra. No es mi perra, obviamente, no puedo decir que es mía, pero vive conmigo. Así que, nada, por ahí tenías ganas. Vi que vos también tenés un perro, si querés podés traerlo, no es tan lejos, considerando que nuestras puertas están a dos metros de distancia. Seguro quieren ser amigos... Bueno, eso nomás, por ahí querías venir a charlar... o, mejor, a no charlar, un rato. A tomar un mate rico, entre vecinas, ¿dale?".
Se paró y, sin releer la nota, la pasó por abajo de la puerta del departamento cuatro.
Las botas
Rapunzel iba campante por la calle, cuando el Juez que iba camino al tribunal le gritó sin piedad:
-Te dejo sólo las botas, el resto te lo chupo todo.
A esto, nuestra heroína contestó sin alterar la expresión de su rostro:
-Caballero, subestima usted el sabor de mis pies.
Diabluras
En el Club de Trabajadores Subacuáticos suele haber conflictos armados, sobre todo los fines de semana. Las discusiones no suele salirse de dos o tres temas trascendentales que discordian la existencia de estos húmedos obreros.
En primer lugar callate, no te quiero pagar más. Por suerte tengo un mecanismo de defensa, que se activa después de cada intento de suicidio. Me desperté contento.
Otra cuestión es que si tengo cinco manzanas, y le tiro cuatro a tu vacío existencial, vos terminás más lleno y yo menos cargado.
Por último, no me molesten cuando los estoy molestando, que me distraen.
Soledad salió corriendo de la asamblea y se subió a su bicicleta roja con pompones de colores en el manubrio. Un cartelito que orgullosamente proclamaba "Un auto menos" hacía de patente, pero en realidad ella no quería terminar de entender muy bien por qué un auto menos era mejor que "una bicicleta más". Estúpidos. En la avenida, los autos rozaban su andar, haciendo que ligeramente se inclinara. Los micros producían el efecto más aterrador. "Ya debería haber muerto unas cinco veces desde que salí", pensó Soledad. "Evidentemente, andar en bicicleta es un arte de magia".
-Hablábamos todos al mismo tiempo... Como siempre. Había mates y donsatur. Nadie se ponía de acuerdo.
-Todo bien.
-Sí, todo bien... Pero, de repente...
-¿Qué pasó?
-Nada... fue raro. De repente se callaron todos. Y Charly quiso decir algo pero, antes de hablar, levantó la mano. Y así, uno atrás del otro... Fue muy loco.
-¿Y qué hiciste?
-¡Lo lógico! Salí corriendo, y me vine en bicicleta.
Dios estaba sentado atrás de su escritorio de mármol. Sobre el mismo, había un lapicero de cartón que le regalé para el día del amigo en el año 1998. Las figuritas se estaban empezando a despegar. Jugaba distraídamente con una lapicera rosa que, en la anti-punta, ostentaba una gran pluma del mismo color, probablemente arrancada despiadadamente de la cola de un ganso y luego teñída con sangre de bebé caucásico.
En el techo de la oficina había un vitraux que mostraba a Dios saludándose con las más importantes celebridades de la Tierra: Madonna, Alejandro Magno, Robotina, y otros.
De pronto, sonó el intercomunicador espacial tres punto cero. Una voz femenina informó: "Lamento molestarlo, Señor, pero Satanás está nuevamente jugando con los asambleístas".
Mientras tanto, Satanás, habiendo concluido sus fechorías del día, paseaba melancólicamente por el parque San Martín, dentro del cuerpo de una jovencita de unos veintidós años. Desafortunadamente para él, la chica estaba en un momento hormonal muy complicado, por lo que el Príncipe de las Tinieblas se vio obligado a comprender, súbitamente, lo espantoso y fútil de la existencia.
Poesía vogónica
Imperfecta como un unicornio salticando en un arco-iris
Horrible como una torta de chocolate con chispas de chocolate bañada en chocolate
Mala como un patito bebé ronroneando
Tonta como sus retoños
Sentimental como una computadora
Graciosa como una vainilla
Hace mates ricos como aceitunas
Y nunca, nunca, se peina
Amantes animales sádicos en búsqueda de un cambio trascendental
Se puso el moño, frente al espejo. Estaba torcido.
-Vení, María, ayudame que el moño me queda torcido.
-Ya voy, esperá que estoy bañando al lagarto y no le sale la mugre de las escamas.
El moño era rojo con lunares amarillos, y estaba totalmente cubierto de hormigas carnívoras. El lagarto era amarillo con lunares rojos, rara vez estaba cubierto de algo, más que de mugre.
-Mamá, vení a ayudarme con el lagarto que no puedo sacarle la mugre de las escamas -gritó María.
-Bancá que estoy intentando atrapar los anteojos que se ofendieron y se escapan de mí.
-Dale, María, vení que el moño me queda siempre torcido.
A medida que intentaba enderezarlo, esperando a María, todos los cuadros de la casa empezaban a torcerse hacia un lado y hacia el otro, rítmicamente, siguiendo al moño.
-Roberto, ¿por qué no dejás de boludear y me ayudás a atrapar los anteojos?
-¿Pero no ves que estoy esperando que se asome el ratón para pegarle un mazazo?
El viejo esperaba con tensa antelación que asomara un roedor como ningún otro del agujero que se abría en el antiguo piso de madera.
El moño seguía torcido.
-Dale, María, ¡que me queda torcido!
El lagarto seguía sucio.
-Dale, Mamá, la mugre de las escamas.
Los anteojos correteaban.
-¿Me podés ayudar, Roberto?
El ratón no aparecía.
El ratón había empacado, dos días antes, sus pocas pertenencias, y se había ido para no volver a ese juego de locos. Decidió conocer otras ciudades, otros países, para descubrir otros juegos, otras realidades.
Catarsis amorosa de un indeciso
Metele que son pasteles y se me cae la bombacha confundida -de la emoción- cuando se pierden en el bosque corriendo atrás del oso gigante cuyos terribles tornados me trajeron volando hasta acá donde tan feliz estuve esa noche leyéndote incongruencias tan geniales nunca me sentí mejor andate no vengas más que está todo mal que mal nos vamos conociendo nos vamos dando cuenta que las horas pasan solas cuando nos colgamos las cosas colgamos charlando y me hacés pensar en cosas que no había pensado antes de conocerte era feliz pero cuando te veo me mata la ansiedad de saber qué contenta me pusiste cuando me enteré que cambiaste pero no cambiaste y eso me pone todavía mejor peor mejor andate andá no muy lejos de acá nos conocimos y fue instantáneo y no paró más vale que te quedes quiero estar al lado tuyo y no me molesta que te quedes a la mañana hablamos y vemos qué hacemos.
- f. Efecto purificador que causa cualquier tipo de milanesa u obra de arte en el espectador:
las tragedias griegas llevaban a la catarsis a los espectadores, las milanesas también - Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo:
se emborrachó y me hizo catarsis arriba del parquet
- P. ext., eliminación de recuerdos que perturban el equilibrio nervioso:
el vodka es el mejor amigo de la catarsis
Covertura Festival Internacional ANIMA Córdoba 2013
Séptima Edición del Festival Internacional de Animación
ANIMA 2013
Como todos los años, en el mes de octubre se llevó a cabo el festival ANIMA, en la Ciudad Universitaria de Córdoba Capital. Esta nueva edición, ANIMA 2013, se desarrolló en los días 10, 11 y 12, conformando días especiales y únicos en este año plagado de eventos, estrenos y festivales. Gracias al esfuerzo de un gran grupo de organizadores y a la participación de gran cantidad de cortos y largos animados de altísima calidad, se generó un espacio que acogió a animadores, artistas, cineastas y público general en tres jornadas intensivas.
Lanzamiento
La previa al festival fue el sábado 5 de octubre, cinco días antes del comienzo del festival. En el puente Santa Fe se realizó el acto de lanzamiento, con una actividad al aire libre irresistible tanto para animadores y amantes de la música, como para cualquiera que transitara las calles aquella noche: la musicalización en vivo por la Banda Sinfónica Municipal (dirigida por David Antezana), de dos cortos importantísimos en la historia de la animación nacional. Por un lado, el reconocido y premiado corto Luminaris, de Juan Pablo Zaramella; y, por el otro, el clásico e histórico Bongo Rock del gran animador rosarino Luis Bras. Además, se musicalizó el corto polaco The Lost Town of Switez, de Kamil Polak, y se proyectó la película Metegol. Esta jornada fue el anticipo al festival, en un acto de difusión de grandes imágenes de nuestro cine de animación nacional, para el público general.
Jurados, competencias, ganadores
El festival comenzó temprano el jueves 10 de octubre, con nada más ni nada menos que una charla del británico Paul Wells, uno de los renombrados integrantes del jurado internacional, quien desempeñó este cargo junto a la canadiense Martine Chartrand y la checa Michaela Pavlatova. Estas tres figuras, de talento innegable y de logros en el mundo de la animación a nivel internacional, conformaron un jurado especial y único, que vino a reunirse en tierras cordobesas para traer parte de su experiencia y alegría al Festival. A estos se sumó un Jurado de largometrajes que también contó con grandes figuras: la animadora estadounidense Marcy Page, el italiano Andrea Martignoni y el investigador argentino Eduardo A. Russo.
Por otro lado, el jurado nacional estuvo conformado por Raul Manrupe (historiador, investigador y realizador), Nelson Luty (experienciado director de arte en animación) y Luis Paredes (ilustrador y animador).
Al mismo tiempo, hubo un Jurado Estudiantil, un Jurado de Animación para TV, un Jurado de Animación para Niños y el famoso Premio del Público.
Los tres días fueron un incesante pasar de competencias y proyecciones. Las categorías fueron: Competencia Internacional (sesenta y cinco cortos); Animaciones para Niños (veintiún cortos); Competición Largometrajes (cinco películas); Animaciones para TV (dieciséis cortos); Animación Argentina (treinta y un cortos). Al mismo tiempo se hicieron muestras de distintas escuelas, festivales y panoramas nacional e internacional de cortos.
El Jurado Internacional otorgó el Premio a la Mejor Animación – Historias Animadas al cortometraje Padre (Santiago Grasso, Argentina); el Premio a la Mejor Animación – Temas y Ritmos al cortometraje Snail Trail (Philipp Artus, Alemania); el Premio a la Mejor Animación – Videoclip al cortometraje Autour du Lac (Delphien Cousin, Bélgica); el Premio a la Mejor Animación – Animación promocional y publicitaria al cortometraje Magic Mushroom (Michaela Gote & Julian Weib, Alemania); el Premio a la Mejor Animación – No ficción al cortometraje Mademoiselle Kiki et les Montparnos (Amelie Harrault, Francia), que también se llevó el Premio del Público. Finalmente, el prestigioso jurado concedió el Gran Premio del Jurado al cortometraje I Am Tom Moody (Ainslie Henderson, Reino Unido).
La película ganadora en la competencia de Largometrajes fue Anima Buenos Aires, de María Verónica Ramírez (Argentina).
El Jurado Argentino, en una especie de broma interminable con menciones inventadas, hizo la siguiente premiación: Mención Humor a Superbot (Pablo Alberto Díaz & Gervasio Rodríguez Traverso); Mención Mejor Arte a Modesta historia de un suntuoso derrochón (Gonzalo Rimoldi); Mención por su observación de la conducta humana a …de costumbres (Pablo Cirilli); Mención por la realización escenográfica a Inercia (Becho Lo Bianco & Mariano Bergara); Mención por su creatividad, dinámica y alto nivel profesional a Pasteurizado (Nicolás P. Villareal); Mención Especial por su impecable realización a Padre (Santiago Grasso); Gran Mención Nacional a Tiro al blanco (Pablo Kondratas & Nahuel Jacome). Finalmente, el Jurado decidió entregar el Primer Premio Nacional al cortometraje Shave It (Jorge Tereso & Fernando Maldonado).
El jurado estudiantil, entre producciones provenientes de escuelas de cine, video, televisión y animación, premió como Mejor Trabajo de Escuela al cortometraje I Am Tom Moody, de Ainslie Henderson, perteneciente a la Edinburgh College of Art (Escocia). También se hicieron menciones especiales a los cortos Puntos, de Patricia Gualpa, perteneciente al Dpto. De Cine y TV de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) y The day I killed my best friend, de Antonio Jesús Busto Algarín, perteneciente al Máster en Animación, UPV, Valencia (España). El Premio a la Mejor Animación para TV, otorgado por el Jurado de Animación para TV, fue para Migrópolis, de Carolina Villarraga (Colombia).
Charlas y conferencias: Moushon! en ANIMA
Además de las competiciones, proyecciones y muestras, se realizaron en el festival numerosas charlas, seminarios, talleres y conferencias. Entre ellos podemos destacar los distintos seminarios y charlas de producción con herramientas libres; el taller de pixilation de Juan Pablo Zaramella; el taller de diseño de personajes dictado por Lucas Nine; el seminario “Paisaje sonoro animado” por Andrea Martignoni y el Taller de personajes y objetos para stop motion, por Walter Tournier y Lala Severi, entre otros tantos.
Moushon! formó parte del evento, dando una charla en la que se presentaron cuatro proyectos de animación en desarrollo, para los cuales la revista está haciendo un seguimiento, al mismo tiempo que acompañando con promoción y difusión. Los proyectos son El niño y la noche (El Molinete Animación, Santa Fe), Las aventuras de Maky (Cubo Consorcio Visual, Bahía Blanca), Pacha Wawa! (Celeste Estudio Creativo, La Plata) y Ronko (Del entretecho, Neuquén).
Un vínculo que se fortalece
El festival, en sí mismo, fue un espacio de crecimiento e intercambio personal. El ambiente amistoso que se genera cada vez más sólido en el mundo de la animación argentina es palpable, y es todo gracias al esfuerzo de aquellos que estimulan la producción de espacios como ANIMA, u otros festivales, eventos, talleres, jornadas o charlas en torno a la creciente industria del cine animado. Moushon!, desde su humilde lugar, se alegra de ser el medio difusor de estas actividades, y un componente más del gran equipo de animación argentino.
Sofía Poggi
Overdose II
Tenían cinco guantes de oro, que se ponían -uno cada uno-, en la mano derecha.
Así salían los quintillizos de la calle Tubérculo a pasear todas las mañanas.
Cinco guantes dorados saludaban damas sonrojadas al pasar.
Cinco caballeros tuberculosos hacían de sus galanterías un espectáculo decoroso sobre el empedrado urbano.
Las muchachas se desmayaban ante la simple mirada de los jóvenes, ante la ligerísima brisa expedida por alguno de sus gestos. Sus bombachas caían al suelo con semejante fuerza que inmensas grietas se abrían entre los adoquines, generando disturbios en la ciudad.
Los quintillizos, a pesar de la increíble atracción que generaban en el sexo opuesto, preferían perderse para siempre en su infinita orgía de narcisismo y adoración egocéntrica, rodeados de papel picado y drogas pesadas.
El dragón, el libro y la jeringa
La princesa tenía todo lo que podía desear, ya que su padre, el excéntrico rey (amante de las fiestas y las comilonas), le concedía todos sus deseos.
Un día, la princesa, en su aburrimiento cotidiano, decidió poner a prueba a su padre, pidiéndole nada más ni nada menos que un dragón salvaje, para tenerlo de mascota.
-Si me amas, padre -dijo la princesa frente a toda la corte- debes cumplir mi deseo. Quiero un dragón como mascota y no me importa lo que tengas que hacer para conseguirlo.
El rey, sin dudarlo, convocó a los mejores hombres del reino, y los envió en una despiadada caza de un dragón salvaje, para su amada niña. Unos días después, la comitiva volvió con la bestia enjaulada. La princesa estaba de lo más contenta con su nueva mascota: le puso nombre, una larga cadena en el cuello y todas las tardes las pasaban juntos en la terraza del palacio, entre flores de todos los colores y fuentes de agua. El dragón se divertía cazando pájaros que, luego, junto a su ama, escondían debajo de las almohadas de las damas del palacio.
No pasó mucho tiempo hasta que la princesa volvió a su aburrimiento, y decidió, una vez más, poner a prueba la paciencia y las capacidades de su padre.
-Ahora lo que quiero es un libro mágico, donde siempre haya historias nuevas, con dibujos de colores, y finales felices -dijo la princesa al atareado monarca.
Con algo de preocupación, el rey convocó a todos los hechiceros, científicos y alquimistas de la ciudad, a quienes puso a trabajar en los sótanos del palacio, dándoles todos los elementos y materiales que pudieran ser necesarios (inclusive hilos de oro y gotas de rocío lunar), para que lograran el maravilloso artefacto. Finalmente, luego de algunas semanas, ante la impaciencia de la princesa, el grupo de expertos logró llevar a cabo el deseo de la niña, quien, contenta, disfrutó cada noche de su libro mágico, a la luz de las velas.
Pasado un tiempo, cuando la joven sintió que ni el dragón ni el libro mágico satisfacían del todo su existencia, la princesa decidió hacer un nuevo reclamo a su padre.
-Padre, he decidido que quiero inyectarme heroína -dijo la princesa frente a toda la corte.
El rey, como siempre, satisfizo los deseos de su amada hija quien, un par de días después, murió de sobredosis.
Enganches
Iba muy concentrado. Pan, queso, pan, queso. Miraba las baldosas mientras avanzaba, rápido. La gente lo ponía incomodísimo. Hasta que miró para arriba y la vio. Ella iba seria, también, pero, de repente, como si le hubiera aparecido un feliz recuerdo en la mente, esbozó una sonrisa.
Pan, queso, pan, queso. Iba caminando ella. Cuando, de pronto, se acordó algo que había pasado hacía ya tres noches, algo que por algún motivo su cerebro había ocultado entre las bambalinas de la memoria. Se alegraba mucho de haberlo recordado: "tengo algo para vos", le dijo el muchacho mientras apagaba la luz, y le puso algo en la mano que no pudo identificar inmediatamente. "¡Una estrellita!", exclamó mientras él le acercaba un encendedor prendido. El microfuego de artificio iluminó, por unos cuantos segundos, la oscura habitación en una danza ebria. Entró al quiosco, la que atendía miraba la novela.
"No puedo ver dos minutos seguidos sin que alguien venga a romper las bolas", pensó. Le alcanzó los cigarrillos a la chica quien, por cierto, parecía bastante boluda, o abstraída. Le dio el cambio sin pensar, automáticamente; nunca se equivocaba. "Al final para qué tanto estudio, tanto esfuerzo, si estoy laburando en este lugar de mierda. Lo único que puedo hacer es mirar la tele... No me dejan traer ni un libro". En la pantalla, Monserrat de los Caballos descubría -con una sobreactuada interpretación- que Felipe era, en realidad, su medio hermano.
En el set de filmación Sara se peleaba con el director. "¡No es nada natural esto, Alfonso, nadie actúa así". A los veintinueve años empezaba a reaccionar contra su entorno. Tantos años siguiendo indicaciones... Para este momento esperaba poder actuar de verdad, no seguir formatos aburridos para viejas fantaseantes. "Ya estoy grande para esto", dijo, mientras salía del set. En la puerta del estudio un gato se lamía las partes. Se rió. El gato la miró.
Miau. Miau. Comida. Persona. Grrrr. Gato, gato, gato. Persona. Comida. Persona pequeña, mimo.
Martina acarició al gato mientras su madre le tironeaba la mano para seguir avanzando. "Ma, ¿por qué no puedo tener un gatito así?", le preguntó. La madre no contestó. Seguía caminando rápido, tirando de la mano de la niña. "Yo quiero un gatito", dijo mientras se distraía mirando las nubes. Subieron al auto. A Martina le gustaba viajar sola con su mamá porque la dejaba ir en el asiento de adelante, si se ponía el cinturón. Mientras pasaban pudo ver a una señora con dos carteras, tres perros (dos con correa), y a dos chicos grandes dándose un beso.
"No pudo creer que esto al fin esté pasando... Basta, concentrate. Disfrutalo", pensó con los ojos cerrados, mientras entraba en el trance hormonal del apasionado beso adolescente. Su primer beso. Ojalá que no se notara. Le daba un poco de vergüenza, estar ahí haciendo eso en el medio de la calle. Se lo había imaginado re distinto. Además se sentía distinto. Sentía que las lenguas tenían mucho menos espacio para moverse del que se había imaginado, era todo mucho más palpable. De repente, sintió una mano debajo de la pollera. "Salí, pelotudo", dijo, mientras le daba vuelta la cara de una cachetada.
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