Al infierno

Si no hacés la tarea te vas a ir al infierno,
y si no pagás la luz te la cortan.
Y si te cortan la luz no vas a poder hacer la tarea...
y te vas a ir al infierno.


If you don't do your homework, you'll go to hell,
and if you don't pay your electricity bill, you'll have no light.
And if you have no light you won't be able to do homework...
and you'll go to hell.

Medicamentos para el siglo XXI

Las pastillas venían con un papelito improlijamente doblado en dieciséis partes, en el que, además de los compuestos y contraindicaciones, podían leerse en letra minúscula los posbiles efectos secundarios, basados en un muestreo de siete mil millones de seres humanos, con o sin peluca.
Entre ellos, obviamente, la posibilidad de entrar en un pozo depresivo sin salida, para nunca más volver a la no menos triste realidad.
El segundo efecto enunciado, que sólo se presentó -aclara el papelito- en un 7,5 % de los sujetos en los que se testeó el medicamento, fue la pérdida total de la comprensión de las palabras, gestos, y cualquier otra forma de comunicación con otras personas.
En tercer lugar, alucinaciones paranoicas, generalmente acompañadas por delirios de grandeza. Pero estas podrían ser provocadas por la simple condición de existir, y no por el medicamento en sí, lo que, de todos modos, es irrelevante e imposible de comprobar.
Por último, una interminable lista de otras posibles aflicciones: diarrea crónica, pérdida de la fe en la humanidad, pérdida de la fe en la religión, concubinato infeliz, conformismo, aspiraciones de poder, zoofilia y una irreparable adicción al olor de los hisopos usados.
Finalmente, se aclara que los efectos son menos frecuentes en aquellos que toman la medicación antes de cada comida (y no después o durante), y que el efecto placebo mostró una eficacia exactamente igual a la del medicamento real.
En caso de vómitos o esquizofrenia consulte a su médico.


Medicine for the twenty first century
The pills came with a small paper, untidily folded in sixteen fractions, in which, besides the components and contraindications, one could read -in a tiny printing- the possible secondary effects of the drug, based on a sampling of seven billions human beings, with or without wigs.
Among them, obviously, the possibility of falling into a depressive abyss without any chance of escaping, for not ever coming back to the not less depressing reality.
The second secondary effect mentioned, that only showed -clarifies the little prospectus- in a 7,5 % of the subjects in which the medication was tested, was the complete loss of comprehension of words, gestures, and any other way of comunication with other people.
In the third place, paranoic hallucinations, generally accompanied with delusions of greatness. But these could be caused by the simple condition of existence, and not by the drug itself. In any case, this is irrelevant and impossible to prove.
At last, an endless list of other possible afflictions: chronicle diarrhea, loss of faith in humanity, loss of faith in religion, unhappy concubinage, conformism, power aspirations, zoophilia, and an irreparable addiction to the smell of used swabs.
Finally, it specifies that the effects are least frequent in those who take the medication before every meal (and no after or during), and that the placebo effect showed exactly the same effectiveness than the real medication.
In case of vomits or schizophrenia, call your doctor.

Auto re trato

Si tuviera que pintar mi autorretrato me representaría con pequeños gusanitos verdes saliéndome de los puntos negros de la nariz, con un sombrero de aviador y un bigote postizo. Me pondría anteojos de colores, los labios bien rojos y una corneta saliendo de la oreja izquierda. Mis pestañas me harían cosquillas en la frente, mientras un mono tití intenta ahorcarme con una corbata de colores. Tendría puesto un saco de piel, aros de miel y colmillos.

Algo así:


Self por trait
If I had to paint my self-portrait, I would represent myself with little green worms coming out of the blackheads of my nose, with an aviator's cap and a fake mustache. I would wear colour glasses, red lips and a party trumpet in my left ear. My eyelashes would tickle my forehead, while a marmoset would try to choke me with a colourful tie. I would be wearing a fur coat, honey earrings and vampire fangs.

Something like this.

La Bomba



Deben ser las nueve de la noche cuando llegamos al lugar. Vemos gente que ronda la entrada y, ya desde la vereda de enfrente, se escucha la música y el clamor de los espectadores. Bajo de la moto con las lágrimas heladas por el viento frío y todavía con la adrenalina de casi haber atropellado un par de peatones imprudentes.
La gente sigue llegando y entrando al lugar, aunque la banda está tocando hace rato. Por suerte, D. conoce a la chica de la entrada -una veinteañera simpática, delgadita y con rulos largos-, quien nos deja pasar gratis.
proporcional al olor a porro.
Extranjeros, argentinos, todos bailan con todos en la euforia creciente e inevitable generada por el ritmo de la percusión. Nos sumergimos en la masa de gente y encontramos al grupo que estábamos buscando. Cubanos, bras
El patio está prácticamente vacío: como me explican, en primavera y verano se toca afuera, y la convocatoria es mucho mayor. A medida que nos acercamos al escenario, el volumen de la música aumenta de manera directament
eileños, ¿algún jamaiquino? “Los negros” -como se dicen a sí mismos por algún motivo quizá demasiado obvio- se juntan los lunes en esa especie de terapia grupal a la que le dicen La Bomba. La recepción para los recién llegados es siempre la misma: un cuba libre y un faso. Los vasos y los porros pasan de mano en mano sin más presentación que una sonrisa.

haber ganado más de un corazón, mientras D. empieza a entrar en calor y a moverse para sacarse de encima el frío del viaje en moto.
De pronto la multitud se abre, F. tomó a una chica y bailan descontrolados en el centro del círculo. El resto estamos fascinados por la gracia y la sensualidad con la que se desenvuelven. La gente los aplaude, les grita. La cintura de la chica parece de goma, él la revolea y parece que se desarma. De pronto roza el piso con el pelo y, unos segundos desp
Me llama la atención uno de los chicos: mientras se bambolea lentamente, noto que tiene las rastas más largas que vi en mi vida (¡le llegan a las caderas!). Al lado suyo, el primo de D. luce sonriente su chaleco de seda y sus zapatos nuevos: “es el que mejor se viste”, me explican. F. me reconoce y me saluda con esa sonrisa con la que imagino que se deb
eués, está dando vueltas como un trompo. A unos metros, un par de chicas se lucen cerca del escenario con una evidente influencia de danza africana: los movimientos violentos y casi primitivos con los que sacuden su preciosa estructura hace que más de uno gire la cabeza. Las calzas que tiene puesta la rubia también ayudan a atraer las miradas. Nos estamos moviendo, cada vez con más intensidad. A cada rato se escucha un “¡Oye, chica!”, o un “¡Sabrosura!”, que incita aún más a perderse en los movimientos. No tenemos pareja fija: todos y todas vamos pasando de mano en mano, regalando sonrisas sin dueño, agarrándonos, dejándonos agarrar y permitiendo al cuerpo fluir.

acción, debajo del ala de un sombrero quizá demasiado “turista”.
En el baño, las mujeres se amontonan frente al espejo. Los pisos blancos están llenos de un barro que aumenta a medida que la gente sigue entrando y saliendo en un vaivén constante. Una italiana espera para pasar mientras dos chicas de pelo negro se maquillan y hablan de algún amo
En un rincón, junto a una columna, dejamos apiladas nuestras cosas. Los sacos, camperas, bolsos y carteras forman una torre. Esto deja en evidencia, por un lado, cómo hace subir la temperatura la danza fantástica que se desarrolla y, por el otro, cómo deseamos desprendernos de nuestras pertenencias para movernos libres al ritmo de los tambores. Alejándonos del escenario, en una barra, las mozas van y vienen saludando a los viejos conocidos, regalando tragos. Ahí nos acomodamos y empezamos a armar. Un yanqui de unos cuarenta y cinco años practica su español conmigo, mientras que yo practico mi inglés con él. Sus ojos arrugados delatan cansancio, pero también satis
fr frustrado. Vuelvo con mis chicos y llega el momento de entrar al ojo del huracán, de perderse en el mar de gente. “Vamos al centro”, grita la manada, con un tono que implica que es acción obligatoria en el clímax de la noche. “Agarra tus cosas, chica, que vamos a movernos”, me dice D. La pila de pertenencias se desarma y nos abrimos paso entre la multitud. Ahí ya están “los negros”. Cantan y gritan. El que, no sé porqué, pienso que es jamaiquino, está apoyado contra una columna y, perdido en su mente, tararea mientras se mece de un lado al otro. Bailamos descontrolados, saltamos, se abren círculos, y se cierran con violencia. Veo a D. cada vez más lejos y, cuando puedo, me acerco.

cuantos más, reconozco al chico de gorrito negro que toca los martes en la roda del Rincón.
Estamos todos perdidos y encontrados. Los sonidos entran y salen de la mente, se mezclan con la realidad, determinan la totalidad de los pensamientos. Sólo percibo en música y, hasta los colores y las formas, parecen transformarse en ondas rítmicas que percuten el cerebro. Mientras se acerca el final, la desesperación aumenta: no puede terminar, tiene que seguir. La gente está sumida en un trance, en una felicidad eterna y efímera al mismo tiempo. Las piernas se mueven solas, las melenas se revolean acá y allá, las cinturas estrechas son tomadas por manos grandes y sólidas. La gente se adora.
Llega el momento, el espectáculo termina... pero sólo es el comienzo: la banda no deja de to
En un momento se escucha un grito, debe ser F.: “¡Ahora las mujeres!”. Nos abren el camino y nos empujan al centro: somos tres o cuatro, cada una haciendo una danza distinta, pero en perfecta armonía. A mí me sale la samba brasileña; otra chica baila más bien una salsa, y otra se mueve con un aire de candombe. Todo encaja con la percusión. Saltamos y sonreímos hasta que nos duele. Ninguna puede salir porque nos vuelven a empujar al centro. Finalmente, se desarma la formación y volvemos a ser la marea que éramos antes. La banda, a la que ni siquiera presté atención hasta el momento, está tocando más enérgica que nunca mientras se anuncia el inminente final. En el escenario, entre unos
car, sino que lentamente se arma una caravana que sale del lugar y se detiene en la puerta hasta que el colectivo de gente los rodea. Lentamente se dirigen a la derecha, a seguir la fiesta en otro lado. Las almas están inquietas, llenas de adrenalina, en un lunes de invierno que sabe a carnaval.
Veo cómo se alejan a paso de caracol, haciendo los sonidos cada vez más distantes. Me alegra no seguirlos porque me deja la sensación de que van a seguir para siempre. Si no veo el final es porque nunca terminó: la caravana va a ser eterna.

Ringo y yo


Hoy caminábamos por la calle con Julia cuando vimos un cartel de The Shouts, lo que derivó, por supuesto, en quejas sobre por qué no venían a tocar "Los Bitols", en vez de esos "Shauts". Y obvio que le dije que porque la mitad estaban muertos. Entonces, todo derivó en por qué no se juntan Paul y Ringo a tocar canciones y se ponen un nombre como "Los Amigos Bitols".
Además, podrían tocas canciones como:
"Me dejaron solo con este idiota"
"Sólo quedamos tú y yo"
"La vida es un caos"
"Extraño las drogas de los sesentas"
"Antes tenía pelo largo, ahora tengo arrugas"
"Los que estamos vivos"
"Ringo y yo"
"Paul y yo"
"Maldito ese Chapman"
Y otros grandes éxitos.

A la miércoles




Vamos a hacer un experimento científico mental invental.
                       Vamos a viajar toda la noche por la mente inconsciente interestelar de las palabras.

Son las diez, estoy sobria. Recién se me está yendo la euforia que me agarra cuando me junto con gente alegre.          Porque, como estaba pensando hace un rato, "la gente feliz y sabrosa, me pone feliz y sabrosa,


no como toda esa gente infeliz y sosa".


[[Y está bien que tenga esos pensamientos porque adentro de mi cabeza no podés juzgarme y decirme que está mal rimar así, como un niño]]

Cuando sea grande quiero ser un niño, un niño de verdad, con gorra y gomera, con figuritas y rodillas raspadas,

no como esos falsos niños gordos y viejos que nada más son infantiles cuando se emborrachan.
Así las palabras fluyen y caen como gotas de miel caliente en el moto.

Rico.
Rico.

En la escena de Blancanieves* en la que limpia la casa de los enanos hay tanto polvillo que me dio alergia. En tu cerebro emocional hay tanto polvillo que me da alergia... y un poco de lástima.
A veces.

¡¡Qué feo, Sofía!! ¿Cómo vas a decir eso?

La vida está llena de azar, ¿verdad?
¡Mentira!
Está todo fríamente calculado.
Por mí, obviamente.
Por ejemplo, el viernes estaba en Villa Elisa, de repente, en un centro cultural que yo nunca había escuchado nombrar pero que aparentemente ahora todo el mundo conoce. Y resulta que estaba directamente enfrente de mi casa de la infancia. Más específicamente de la puerta de la pieza donde crecí.
¿Casualidad? No, todo fríamente calculado.
El sábado, de repente estaba en un mierda y vimos movimiento en el Pasaje, así que entramos y había gatos en patines, media facultad y arte Madí.
¿Casualidad? No, todo fríamente calculado.
El domingo un poco que se repitió, de repente un déjà vu. Pero, por algún motivo que no podría especificar -no porque no lo conozca, por supuesto, sino porque no quiero especificarlo- la noche terminó cálida y extrañamente esperanzadora. Miedo.
¿Casualidad? No, todo fríamente calculado.
Y el lunes de pronto como quien no quiere la cosa estaba andando en ombligo por las calles de Buenos Aires, abrazada a un caramelito de esos que se conocen bailando, y al rato saltaba al ritmo de la percusión... como loca... sin saber dónde estaba parada.
¿Casualidad? Un poco, pero en el fondo estaba todo fríamente calculado.
Y ayer le dimos a la samba. Pero eso pasa todos los martes.

[Párrafo eliminado]

Por ahí me aburro cuando termino de escribir todo esto y empiezo a recortar palabras de una parte del texto y pegarlas en otro lado. Sería gracioso, un poco dadá... Y el que lo lea no va a entender nada hasta que llegue a esta parte. Sólo con sustantivos, si no no es gracioso.

Bueno en un rato sigo. Si total... ¿Qué taxi se hace un miércoles a la noche?

Hoy D. me dijo que es más lindo cuando estoy contenta (¡no que soy más linda, sino que es más lindo!). Aclaró. Y además que "nos damos cuenta".
Sí, ya sé, le dije, soy muy transparente. No como esa puerta, que está muy sucia.
Hay cosas que puedo ocultar, y fingir. Bien.
La fiesta no.
¡Qué gomada!
En fin. Sí, una paja, ya sé que es más lindo. Igual me duró poco, no te preocupes. Al rato ya estaba feliz.
Y llena de milanesas la panza**.

Comunicación-ción.
Yo comunico.
Tú comunicas.
Etcétera.
Ellos comunican.

Acción y efecto de dar señales de vida a otros seres humanos.
Ejemplo: "Comunicame esta".

O no, porque estar muerto seguro que también comunica algo.

Son las once. Y ya no estoy tan sobria. A ver, ese chiste tenía sentido si a las diez ponía "son las diez, estoy sobria". Pero no lo hice. Igual, en cualquier momento puedo subir y cambiar lo que escribí... en cualquier momento... ¡Ahora! Jajaja. Ni me vieron hacerlo, fue tan rápido.
¡QUÉ ENGAÑO! ¡QUÉ CHASCARRILLO!
Escribir es como ser amo del tiempo. Ay, el poder. Es re Tomb Rider, ahí al final cuando puede controlar el café. ¡Cómo amo esa película! Y me gusta que sea tan mala. Es más, es obvio que ahora la voy a poner a bajar y en veinte minutos la estoy viendo. En la próxima tristeza de disfraces me voy a disfrazar de Lara Croft. Pero de Angelina Jolie, eh, nada de boludeces, con la trenza y todo, que esa es la única parte en la que nos parecemos.
El otro día hice una obra de arte. Pero es secreta. Ni si quiera sabría cómo clasificarla.

Uy, ¡cómo me gusta tipear! Las teclas se sienten re naturales bajo mis dedos. Pero si hay algo que me encanta es estar a punto de errarle a las teclas y zafarla. O errarle y después corregir la palabra. Pero eso es porque me gusta corregir, por lo que incluso corregirme a mí misma me da placer. Lo que también me da mucho placer es la sensación de las palabras apareciendo en mi mente justo antes de escribirlas. Y es muy loco que a medida que voy escribiendo voy leyéndome en voz alta adentro de la cabeza las palabras, pero al ritmo que las es-cri-bo.
Toda una sarta de sensaciones.

Es bueno recordar, y recordarme a mí misma, que tengo galletitas, vainillas, dulce de leche, tiempo y -en caso de extrema gulación- fideos, para dentro de un rato.
Sólo quería recordármelo.
Vuelvo, luego.

Acabo de pasarme diez minutos intentando encontrar la opción en Blogger de cómo poner en la página principal un coso donde te dice cuándo se publicó cada entrada, como un archivo, un fichero. ¡Qué sé yo cómo se llama! No sé, no lo encontré. Voy a seguir buscando porque me va a volver loca.
Lo encontré. No te preocupes.

Che, esto es como un cuento re largo. Que no se termina más.
Hace ya años que estoy escribiendo acá. No para.
[Frase eliminada]

Y qué bajón cuando estuviste media hora postergando el hecho de levantarte a buscar un viaje al living. Y, finalmente, cuando te decidís y te levantás te acordás que no te quedan. Pero porque convidaste, no te preocupes que tanto no estás fumando. Y notá también que no te volviste loca o saliste corriendo a buscar un kiosko, sino que pacíficamente dijiste "bueno, no pasa nada, puedo sobrevivir... de todas formas puedo llenar el vacío con comida, o más faso".
Sos tan cómica a veces.


Ja. Ja. Ja.


Me pregunto por qué cuando estoy fumada tengo ganas de ver todas las películas pero al mismo tiempo ninguna. Me pasa desde siempre. Quiero ver todas, pero sé que no las voy a disfrutar mucho y me voy a quedar dormida. Típico.
Antes podría comer algo.
Y después sigo con eso que decía de ver una película y quedarme dormida.
Son las once y media, no sabía si estaba sobria o no hasta que levanté la mano para tocarme la oreja y se sintió rarísimo y como que no controlo tan bien los músculos.
Vuelvo en un toque eh.

Me duelen todos los músculos de la espalda. Mañana tengo que levantarme tempranito -y no me acordaba-.
Está todo muy bien. Está todo donde tiene que estar. Todas las piecitas se van apilando en una torre laaarga, laaarga. Hasta llegar hasta el cielo volando en pescado bizco.

Son las doce. El cigarrillo dura poco. Ya me hice un té, la estufa está al mango. Me saqué los pantalones y me metí en la cama. Traje las galletitas, obvio, y las vainillas. Café no tenía al final. Tengo pañuelitos por si me dan mocos, la computadora, el celular cerca, "porsilas...".
Estás jugando a la vida aburrida a ver qué se siente.

Máximo Paz

En una plaza tan chota como la Máximo Paz, pasan un montón de cosas al mismo tiempo, mientras yo estoy sentada en el banquito de siempre. El chabón del tambor sigue siendo estatua, como todos los lunes. Parece que va a escupir la garganta en cualquier momento, de la fuerza que le está poniendo a la llamada. Los que lo vieron me entienden.
El Pancho Crazy deleita a las familias, los sin-casa, los drogadictos con bajón, y los pasantes famélicos con su más que amplia variedad de suculencias. Se escucha la FM 92 al palo, algún tema de Rata Blanca intercalado con Britney Spears. Mientras, los chicos fuman faso y, de vez en cuando, cuando tengo suerte, se olvidan una tuca por ahí.
Enfrente está el hogar de niños. Nara, Santiago, Nahuel. A esta hora ya se bañaron y están viendo la tele, antes de ir a acostarse. Es lo más divertido, la tele. Mejor que los juguetes, pero lo malo es que no se puede elegir el canal, a menos que se lo pidas a María, pero ella siempre deja Disney Channel para los más chiquitos. No vale.
Los del delivery de la pizzería se cagan de frío, sobre todo en la moto, por lo que entran un ratito a calentarse las manos al lado del horno con olorcito a empanada de humita. Muchísimos estudiantes de Bellas Artes, sobre todo parejitas, con y sin bicicleta, pasan por el centro de la plaza, en una u otra dirección, rodeando al chico del tambor, quien les avisa, eufórico, los horrores del futuro.
Yo sigo ahí sentada, por ahí fumando un cigarro, por ahí fumándome un frío tremendo. Los árboles prehistóricos hacen unas sombras tétricas pero simpáticas sobre las veredas, y muchos sectores de oscuridad permiten que algunos se escondan, pero no para que no los vean, sino para que los vean todavía más y mejor. La gente entra y sale de los edificios, mi viejo a un par de cuadras hace un pollo al horno.
Se termina el recreo, y hay que volver al mundo real, y abandonar ese universo falso al que le dicen Máximo Paz.



Dr. Pucci

Dr. Pucci, ¿dónde está?
¿Quién te va a hacer los estudios este mes
para saber si es clamidia o gonorrea,
herpes o HIV?
¿Quién te va a regalar cajas de Norgestrel
y preservativos infinitos
de horrorosa fricción?
¿Quién le va a dedicar tanto tiempo y amor
a tus hongos vaginales
como lo hace él?
Nadie como el Dr. Pucci, Nadie.
Sólo un gordito simpático
puede hacer un PAP con tanta convicción,
mientras esa extraña cámara...
te filma la raya.
Y además él te dice
"podés mirar todo por la pantalla",
y te cuenta cómo el yodo
revela las lesiones del cérvix.
¡Ay, Dr. Pucci!
¿Dónde está usted?

492



Brotaba líquido espeso verde de las grietas de las paredes grises, y así como surgía, desaparecía por los múltiples agujeros del piso, por el que a veces se podía espiar a la gente que vivía en el nivel inferior. A veces eran varias familias, a veces era gente solitaria que aparecía por pocos días. Cerca de una semana fueron extrañas criaturas con pelo en todo el cuerpo, que se comieron los restos de habitantes anteriores. Nadie hablaba con nadie en el edificio. Había meses enteros en los que salir por las puertas era peligroso y, en definitiva, imposible. Ellos habían podido sobrevivir porque, gracias a algún desconocido, de una de las ventanas colgaba un puente a través del cual se podía acceder a un edificio más bajo, abandonado, por el cual se podía pasar a la calle por una pequeña puerta con pestillo en el interior.
La calle era lo más difícil. Dependiendo de la época del año, se encontraban vacías, o plagadas de lagartijas, o de personas agonizantes que eran echadas al exterior de los refugios por miedo al contagio, en períodos de plaga infecciosa.
Conseguir comida implicaba alejarse cada vez más del cuarto piso del número cuatrocientos noventa y dos de la calle Libertad. Lo que significaba que próximamente iban a tener que buscar nuevo hogar.

Historias ajenas

0.
Yo fui la primera y la última, la mejor y la peor. Aparte de vos no necesito nada.

I.
En la plaza, como ella acostumbraba, se encontraron. Dieron vueltas por el centro, esa noche de lunes, para terminar comiendo helado en las escalinatas de la Catedral. "¿Sabés qué me gusta hacer? -le preguntó ella- Acostarme acá y mirar para arriba... Sentís que se te cae la Catedral encima". Los dos se acostaron, con el helado todavía en la mano, y miraron un rato para arriba, sufriendo el vertiginoso efecto que ejercía la mole de edificio.

II.
Estaban fumando de la pipa más rara. Era de piedra, pulida. Se levantó para ir al baño, todavía con el uniforme de trabajo. Cuando volvió, él ya no estaba en la silla, sino en la cama. Entonces, obviamente, se sentó junto a él. Siguieron fumando un rato, riéndose de cualquier cosa. Lo miró, se hizo un pequeño silencio. "¿Tenés cosquillas?", preguntó.

III.
Todo dicho, en un banco de Plaza Rocha. En un momento, se acabó el tema de conversación. Los dos miraron el frío enfrente de ellos. Ella sacó el teléfono y miró la hora. "¿Qué hacés?", le preguntó él. "Calculo", le contestó ella, naturalmente. "¿Qué calculás?", preguntó sin comprender. "Los segundos que faltan", dijo ella con total seguridad. "¿Los segundos que faltan para qué?", preguntó él empezando a entender... Ella se ríe... "¿Y a vos qué te parece?".

IV.
"¿Querés que te haga masajes?", dijo. Con sus suaves manos empezó a trabajarle la espalda. Cada vez más fuerte, cada vez más lento. Hasta que los masajes se transformaron en caricias. En la cama, en la oscuridad, el punto límite de la fingida amistad había llegado a su desenmascaramiento.

V.
Los ojos claros del hombre le sonreían ante cada comentario, cada chiste. Ya hacía rato estaban jugando, hacía rato estaban tomando no sé qué brebaje brasileño. Y las cosas se iban cada vez más de las manos. En un momento de supuesta cordura, decidieron irse a dormir. Cuando volvieron, estaban esperándolas para seguir jugando.

VI.
Al aire libre, incluso en verano, te cagás de frío. Las amigas la dejaron sola con el chico alto y musculoso. Ella lo raptó y lo llevó todo el camino en bajada, frenando a cada rato para besarse. ¡Quién hubiera imaginado que tan grande y fuerte como era, se iba a derretir como manteca cuando ella conjurara su hechizo!

VII.
Un vino, un simple lubricante social. Totalmente innecesario en este caso, cuando sabían para qué se habían encontrado. La anfitriona ni siquiera tomaba alcohol. Debía haber visto muchas películas los sábados a la tarde. Por un rato fueron como niños, jugando felices en las hamacas.
VIII.
Era una chica tan insegura... no se animaba, aunque los amaba. Lo amaba a él, hacía años. Y la amaba a ella, la primera. Pero le daba miedo. "Puedo dibujarlos, si quieren", dijo una vez.

IX.
En la terraza, las telas, colgadas, generaban un ambiente surrealista. Todos los colores, uno al lado del otro, en un fondo neutro y recto, de cemento alisado. Se empezó a hacer de noche, y él todavía no reaccionaba. La tenía ahí, dando vueltas en el piso, acercándose a él, escuchando música romántica. Y él no reaccionaba... Hasta que se cansó. Él estaba viendo si la ropa se secaba. "¿Me ayudás a pararme?", le dijo, con una sonrisa. Ingenuo, no lo dudó. Aprovechando el envión, y sin soltarle la mano, le encajó un beso... Creo que, aún así, tardó unos segundos en entender.

X.
Parte I
En la cama, se miraban con los ojos cerrados. Nunca se habían tocado, pero se sentían casados hace tiempo. Ella se acercó y lo besó. "No -dijo él-, no era así como quería que fuera". "A ver, probemos de nuevo", dijo ella. Entonces se acercó él y le dio el beso que quería... con otra intensidad, mucho más calculada.

Parte II
Hacía años se conocían, y hacía años que sus bocas no se tocaban. Estaban sentados... no, estaban despatarrados uno al lado del otro. Se miraban en silencio. Generalmente, se entendían tan bien que no necesitaban hablar mucho, pero esta vez ella estaba en otro lado. "Me intriga mucho saber qué estás pensando", le dijo él. "Quiero que me beses", dijo ella. La mezcla de sorpresa y miedo en su rostro no fue simulada. "Boluda -dijo riéndose- te juro que me esperaba que dijeras cualquier otra cosa".

XI.
Él estaba en la cola del almacén. Desde la otra punta del local se escucha: "¿Para cuándo unos mates?". Lo miró, miró al cajero que tenía al lado, que se reía por lo bajo. Haciendo mucho ruido con los zapatos, dejó las bolsas en la caja y caminó derecho a la fiambrería. "¿Me estás hablando a mí? ¿O le estás hablando a él?", dijo, señalando al cajero. "No sé -contestó-, depende". "¿De qué?", preguntó. "De si querés o no querés". "¿Unos mates? Cuando quieras".

XII.
En uno de los antros más oscuros de la ciudad, tocaba un ensamble de jazz. Ninguno de los dos le prestaba mucha atención, aunque fingían que sí, para no tener que mirarse incómodamente a la cara. Alguien tenía que avanzar. "¿Te puedo confesar una cosa?", dijo ella. "Ya desde hace un rato tengo muchas ganas de darte un beso". Él se rió con esa sonrisa tan extraña -atractiva y espantosa al mismo tiempo- que le cambiaba toda la cara. "Yo también", dijo.

XIII.
Estaba sentado aburrido en la mesa. Le irritaba totalmente la chica gordita, la médica, que no paraba de hablarle. Hasta que en un momento una frase llamó su atención: "Yo te puedo sacar la ficha a vos. Odiás a las mujeres, no me soportás en este momento. Te rompieron el corazón". Desde ese momento la chica gordita empezó a resultarle más atractiva.

XIV.
Fumando un pucho, los dos en la cama del fondo. "Vos sabés que tengo novia, ¿no?". "Sí, claro, la conozco".

XV.
"Un beso, sólo uno", le pedí. Ese "un" beso se transformó en miles.

XVI.
Estaba dando vueltas solo en el boliche. La persona a la que quería ver no estaba, pero se la encontró a ella, ¿por qué tiene que ser tan asquerosamente divina todo el tiempo? Todos la aman. Miss Simpatía. Tantas veces lo había rechazado. Ahora no podía decirle que no, estaba más lindo que nunca. Radiante. Bailaron algo así como siete segundos antes de empezar a comerse a besos. Para ella, eran besos. Para él, eran todos los besos que ella antes le había negado. Fue explosivo.

XVII.
Todos nos están mirando. Todos quieren que pase algo entre nosotros, pero no nos dejan solos. Entonces, ¿qué hacemos? Le rozo muy sutilmente la pierna, lo suficiente para llamar su atención. Me mira con... siempre con cara de asustado. Le hago un muy sutil gesto con la cabeza, señalándole... Me levanto y camino, sin mirarlo sé que me sigue. Nos encontramos en la oscuridad.

XVIII.
Hacía horas estaban dando vueltas juntos. Ella ya había vomitado. Él estaba tan drogado que no entendía muy bien qué pasaba. Había venido gente, y la gente se había ido. Sólo dos poetas podían entender. Empezó a acabarse el efecto de las drogas, y estaban los dos en la cama, mirando una película que ya habían visto. No era casualidad. Es más, se sabían los diálogos de memoria.

XIX.
Y, fijate, loco... Estaba re fumada. No me gustaba tanto este loco, pero bueno. No entendía nada. Estaba re loca, re loca re loca. Y de repente estábamos ahí en la pieza a los besos. Y yo no entendía nada por qué él seguía dando vueltas, y eso, y que íbamos a fumar unas cosas más y qué sé yo. Yo estaba pensando en el otro, ¿viste? El que me tiene enamorada. Pero no me importaba mucho. Me divertí, igual, no te creas...

XX.
Fue súper lenta la cuestión. Horas al lado, pegados, días eternos, y nada... Era obvio, ya. Le iba a decir "nos vamos a terminar enamorando nosotros dos". Suerte que no me animé. Ahora lo veo desde lejos, y no daba, ni en pedo. Pero terminamos encontrándonos, buscábamos momentos de intimidad, hasta que se dio. Aunque no cambió mucho las cosas... De hecho, no sé muy bien en qué estamos.

XXI.
Representás la perfección, en el mundo lógico material, y en el supuesto mundo emocional también. Pero en mis pensamientos no tenés cabida. Ni un poco.

XXII.
Tan parecidos, sobre todo en lo andrógino de la actitud. Vos con tus mujeres masculinas y yo siendo una. En una apresurada noche contrarreloj. Por algún motivo no cuadra la excesiva efusividad. Es desconcertante. Quizá algún día volvamos a coincidir en algún país.

XXIII.
Como una media. Un angelito peludo.

XXIV.
Hay algo que me cuadra. Igual, encandila tu color dorado, y tus curvas. Sabés lo que hacés, sin duda. Pero sigo pensando que tenés a alguien.

XXV.
¿Amigos con beneficios? ¿Por qué no? Yo pensaba que nos podíamos enamorar, pero no me gusta tanto tu cuerpo. Sos un poco gordito. Aunque no quiero que te equivoques: tener tetas es algo bueno, después de todo.

XXVI.
Tom nunca pudo atrapar a Jerry. Es una historia de amor que nunca va a terminar bien.

XXVII.
Me hacías acordar a alguien más. Pero nunca nadie me mordió tanto, ni me dejó dormir tan poco. Lo que se veía prometedor, una vez más, termina pareciendo ridículo.


PD: Dijo que sí.

Pituto

Un "Pituto", por definición, tiene tres condiciones inherentes:

1. Ser cilíndrico.
2. Ser pequeño.
3. Ser absolutamente innombrable.

Ejemplo de uso en una situación cotidiana:
Mi cuñada no tiene cierre centralizado en el auto. Después de dar vueltas en el auto con mucha gula -aunque habíamos comido un montón de brownies- , decidimos que íbamos a pedir unas fritas en "El Pancho Crazy". Cuando bajamos del auto, como siempre, me preguntó "¿Bajaste el pituto de la puerta?". Y yo, como siempre, me había olvidado de bajarlo.

Y, si no, preguntale a María Marta.

Escuchando Morrissey

Él está tirado en el sillón, tocando la guitarra. En la casa de ella. Siempre va él a su casa. Ella nunca va a la de él "porque es muy lejos y tiene que tomarse dos micros", lo que es bastante injusto porque, en realidad, es la misma distancia.
Pero va él.
Sara da vueltas por la habitación, revolviendo cosas.
-¿Qué buscás?
-El teléfono. No lo encuentro por ningún lado.
Es una egoísta. No pierde ni dos minutos en ir a visitarlo. Supuestamente son amigos, pero lo único que hace ella es llamarlo para contarle los problemas que tiene con el novio y, de vez en cuando, garchan.
-¿Puedo usar tu teléfono para llamarme?
-Sí, agarrá -le dice él, sin dejar de jugar con la guitarra, señalando con la cabeza el teléfono azul que está en la mesita ratona.
Sara agarra el teléfono y empieza a buscarse entre los contactos. "Santi", "Santi casa", "Sarjfnl", "Súper Sara". Con un gesto de picardía, llama a "Súper Sara", sabiendo perfectamente que no es ella. Ella es, obviamente "Sarjfnl", un mamarracho. Pero no puede perder la increíble oportunidad de escucharle la voz a la otra, aquella de la que él no para de hablar.
Suena mi teléfono, es él.
-Hola.
Del otro lado, una voz de mujer. No entiendo.
-Hola, ¿quién es? -me preguntan.
-Sara...
-Ah... no, perdón, me confundí -me dice la voz desconocida-. Esperá que te paso.
Él la mira desconcertada, ¿con quién habla? Ella le ofrece el teléfono.
-¿Quién es? -le pregunta antes de aceptarlo.
-Tu novia -dice ella.
La mira con odio. Es tan maliciosa. Lo hizo a propósito.
-Hola.
-¿Cómo andás? -le pregunto.
-Hola... Súper, bien. Acá con la otra -dice, acuchillándola con la mirada.
-¿Qué andaban haciendo?
-¡Escuchando Morrissey!
-No entiendo.
-No importa. Después hablamos.
-Bueno, dale, chau.
Se sienta, agarra la guitarra de nuevo, y la mira a Sara, quien no le saca la mirada de encima, expectante.
-Sos una forra.
-No quería que se pusiera celosa porque estabas con otra chica.
-Sabés perfectamente que vos no sos "Súper Sara", y sabés perfectamente que le molesta mil veces más que alguien piense que somos novios a que esté con veinticinco minas. Igual no lo escuchó, creo...


Violencia mental


Sigo durmiendo... un poco más. Duermo... ¡No, ya es de día! Pero sigo durmiendo... ¿Cuánto pasó? ¿Una hora? ¿O cinco minutos?... ¿Será de mañana o de tarde? Tengo hambre... debe ser la tarde. Sigo durmiendo... Si me levanto voy a tener que hacer cosas, y no quiero. Un rato más... Sigo... Una última mini-siesta y me levanto...

Bueno, me levanto.

Se despertó muy confundido. Miró el reloj: "ocho de la noche, la concha de la lora". Un día más, perdido. Varios compromisos más que se acumulaban para el día siguiente como cajas de pizza en el fondo la casa.
Y, si la mañana está perdida, la tarde estaba perdida, el día también. Antes de la noche, no pasa nada.
Se vistió como Travolta en su mejor época  y salió para el bar, todavía confundido... con la esperanza de que se borraran en el camino las marcas de la almohada. "¿Qué mierda estás haciendo?", se preguntó sin esperar respuesta. "¿Por qué no te buscás otra cosa para hacer que no sea perseguir a esa pelotuda y sos feliz?"... De nuevo sin respuesta.
Se sentó en la mesa con un montón de intelectualoides baratos, de esos que se compran en la santería a $5,50, que siempre están al lado de las velas para rezarle a Santa Catalina. Dejó pasar el tiempo, esperando que llegara la artista. ¿La vio? Claro, ahí sentada. Entró sin saludar, "como siempre, la muy hija de puta, poeta de mierda, se hace la interesante". A veces se justificaba dudando si lo había visto o no. A veces a él también le pasaba que entraba alguien y no lo veía... muy común, un error que podría pasarle a cualquiera.
Ahí adentro todos se conocían. Después de todo, pasar tantos años frecuentando un lugar con clientes tan regulares, generaba una especie de intimidad... a veces un tanto incómoda. Sobre todo cuando había una intimidad entre ellos dos que nadie conocía, aunque varios sospechaban. Estaba sentada en la barra, como siempre, lo que por algún motivo, de repente, era detestable.
"Bueno, me acerco yo", pensó él. Con un tono frío y distante la saludó y le hizo un par de comentarios sin importancia, mientras por dentro lo único que podía pensar es "Quiero fumar desnudo acostado mientras pintás en el atril que tenés al lado de la cama."
Después del breve contacto, se dio vuelta y volvió a su mesa, hablando de cosas ridículamente interesantes con el grupo de gente con el que estaba. Ella seguía ahí sentada. Haciendo nada.
Estuvo cinco minutos y se fue. Salió. Sin saludar.
"Forra", pensó él. Ya va a volver.
No volvió.
Al rato él se fue también. "¿Paso por la casa? No, mejor espero a mañana. Mejor no paso nunca. O paso ahora, total qué mierda me importa. Quiero verla".

Y no era amor, era lisa y llana calentura... y bastante, pero bastante, violencia.

Ultra secreto




Diez treinta de la mañana, suena el despertador. Las cotorras en la palmera de enfrente se ven más sospechosas que de costumbre. "¡Chajá!", les grito desde la ventana. El vecino de enfrente me tira un zapato, por fin completo el par. Tomo mi café, la leche está pasada, igual que ayer. Me pongo mi sobretodo, sombrero, bigote postizo, paraguas, cubretetera y minifalda y salgo como todas las mañanas, bajo el frío viento de Junio.
Por la calle, la gente me mira de reojo.
Un niño a lo lejos lleva sus libros sobre la cabeza, me detengo a aplaudirlo. Corre. En el micro, una señora mayor, setenta kilos, un metro y medio, mira sin disimulo mi paraguas rosado, o quizá las sandalias con medias.
En el café estamos los mismos de siempre, pido un camel de diez y un té con whiskey. Estoy leyendo los obituarios, como de costumbre, cuando noto que en la otra punta de la habitación una chica de entre veinte y treinta años, cincuenta kilos, extremadamente sensual, me mira directamente a los ojos y se empieza a tocar diciendo “Ohhh, ¡sí!”.
Me acerco, sin quitarle los ojos de encima y, sin preámbulos, le confieso “Lo siento, pero estoy casada con mi trabajo, nena”, mientras escupo en el piso. Vuelvo a mi silla. No se puede confiar en nadie, quizá sea una espía. El agente secreto no tiene tiempo para romances.
Salgo a la calle, tres hombres intercambian drogas en un local sin cartel, o quizá información secreta sobre armas nucleares.
Mi psiquiatra dice que mis alucinaciones paranoicas están tomando control de mi mente. Asiento sin escucharlo y salgo del lugar, donde sospecho que hay cámaras esperando que revele información confidencial sobre mi refugio.
Uno de mis superiores, a quienes nunca conozco en persona, dejó un mensaje cifrado en un papel arrugado cerca de una alcantarilla. No logro comprenderlo. Me encamino a la dirección señalada en el papel, sólo para presenciar un claro complot entre agentes enemigos encubiertos. No deben verme, me oculto. Mi ataque sorpresa funciona a la perfección, los confundo, ladran, y huyo rápidamente del lugar antes de que lleguen los polizontes.
Catorce treinta, estoy en la plaza central, observando a los pasantes mientras ingiero mi almuerzo. Empiezo a sospechar que alguien ha querido envenenarme e inmediatamente me realizo un autolavado de estómago entre el tobogán y la calesita.
Dedico la próxima hora a intentar acceder a la base de datos enemiga. Debo eliminar todo archivo que tengan sobre mi persona. El plan no funciona, su seguridad es demasiado rigurosa.
Vuelvo a casa. Noto que alguien me sigue. "¡Currucucú!". Me desvío, pierdo a mi persecutor con maniobras que aprendí en la academia, sólo para encontrarme acorralada por tres de ellos, a quienes ataco con mi paraguas. Los agresores, confundidos, se alejan aleteando, mientras vuelvo a mi guarida.
Por la noche pienso en la vida solitaria de los agentes secretos, mientras alimento a mi gata y veo las noticias.


El mundo es un lugar difícil, y necesita superhéroes encubiertos.

De la gruta



 Las casas de Amanda y Dafne quedaban a una distancia de aproximadamente veinte metros, la una de la otra. Eran las únicas dos casa de la playa y las habían conseguido a buen precio porque no mucha gente estaba dispuesta a lidiar con el clima y las mareas del helado mar del sur. Todas las mañanas desayunaban juntas, y todas las tardes, exactamente media hora antes del atardecer se reunían en la orilla. No eran de muchas palabras. Coordinaban los relojes y cada una salía por su lado.
   Amanda tenía dos grandes miedos, morir aplastada contra una roca, por un lado, y la oscuridad impenetrable de las grutas, por el otro. A Dafne le causaba un pánico profundo el mar de noche, cuando después de la llegada de la noche transformaba su coloridas y graciosas olas en una gigante masa negra sin ley. Aún considerando esto, quizá en un acto de masoquismo, o buscando una dosis diaria de adrenalina, ambas salían, media hora antes del atardecer, a ponerse cara a cara con sus miedos.
   Los primeros minutos eran los más fáciles. Amanda caminaba por la costa hacia el Este, y a medida que avanzaba trotando tranquilamente las piedras se transformaban en acantilado, y unas ligeras líneas que parecían hechas por mano humana rítmicamente se transformaban en las cuevas, cada vez más profundas y oscuras. Dafne, por su lado, metía los pies en el agua y caminaba hasta que esta le llegaba a la cintura. Desde ese punto, nadaba en línea recta sin descansar, viendo por momentos con el rabillo del ojo a su amiga en la distancia, allá lejos a su izquierda.
   Pasados quince minutos, cuando se encontraban a una distancia considerable del punto de partida, las alarmas de los relojes de ambas sonaban, marcando el inicio de la carrera personal de cada una contra el atardecer. El sol a esa hora, ya besando el horizonte, amenazaba con dejarlas en la oscuridad en cualquier momento. Era el momento de emprender la vuelta. La marea comenzaba a subir, dejando a Amanda en un pasillo cada vez más estrecho, mojando de vez en cuando sus zapatillas a medida que trotaba cada vez más rápido, con la mirada fija en la playa a varios cientos de metros. Dafne ya había pegado la vuelta, y respiraba agitadamente entre las olas heladas cuando sacaba la cabeza para respirar.
    Así sucedía todas las tardes.
   Se encontraban en la orilla, agitadas, agotadas, mientras el Sol opulento terminaba de desaparecer como avergonzado de su derrota.

   Un día Amanda no llegó. Algo hizo que se retrasara. Cuando estaba ya volviendo sobre sus huellas, aumentando la velocidad con el atardecer en los ojos, algo la hizo detenerse y llamar su atención dentro de una gruta a su derecha. Ella nunca entraba, por supuesto... Había algo macabro en esa oscuridad. Algunas gotas cayendo, percudiendo una marcha fúnebre sobre la piedra. Sin embargo, algo se oía, o parecía verse. Una respiración arrítmica, un destello de piel blanca, un olor putrefacto.
   Las zapatillas de correr, junto con Amanda en su totalidad, llegaron a la playa unos cinco minutos después del atardecer, empapadas. La muchacha no quiso dar explicaciones. Enfiló directamente a su casa, sola, y diez minutos después apagó todas las luces. Dafne pudo suponer, acertadamente, que algo fuera de lo común había sucedido.

   En la cama, con los ojos cerrados, Amanda pudo volver a sentir el olor putrefacto que había sentido en la gruta. No oía las pisadas, o algo inusual entre los ruidos que se colaban por la ventana abierta, pero sabía que la criatura se acercaba. Pudo sentir cuando estuvo dentro de la habitación, y sin embargo no podía abrir los ojos. Se encontraba petrificada, como una momia, apenas respirando. La criatura curioseaba, olfateaba las pertenencias de la muchacha sin preocuparse por que ésta notara su presencia. Veía a Amanda en la cama, con los ojos cerrados y su miedo le causaba algo de repugnancia, la enfurecía. Acercó una de sus largas uñas a la cara de la chica, y la apoyó suavemente en lo alto de su frente. Una minúscula gota de sangre brotó del punto, y se transformó en una roja línea a medida que la criatura fue descendiendo con su garra a lo largo de la cara de Amanda. Lentamente marcó su rostro, pasando entre las cejas, por la nariz, cortando los labios, y deteniéndose en el cuello.

Federica


Federica era una mujer solitaria. Su único apodo se lo había puesto ella misma, y era la única que lo conocía: "Freddy". Por supuesto, nadie estaba ahí para decirle que Freddy era un apodo de hombre, excepto quizá por la cantante de Queen.
Freddy vivía sola, comía sola, trabajaba cuatro horas por día en el Ministerio de Educación de calle trece, aunque la verdad es que ella de educación mucho no sabía. A veces le hacían transcribir cosas, y con lo lentos que eran sus regordetes dedos, podía llegar a tardar toda la jornada laboral en copiar una sola carilla. A esto se sumaban las pausas para el mate, o para comprarle bijouterie a la chica morochita que venía. Ella no iba a fumar con el resto. Para empezar, porque no fumaba. El humo le daba tos. Segundo, porque se sentía muy incómoda con sus compañeras de trabajo, todas tan despechugadas (y eso que algunas rozaban los cincuenta) y extrovertidas. Federica, en definitiva, estaba sola. Por eso ese viernes a la noche no notó nada raro. La tele estaba apagada, ella tejía sentada en el silloncito de mimbre. Las revistas que tenía al lado mostraban los últimos diseños en saquitos de lana para bebés y otros en los que aparecían las fotos de unas chicas treintañeras que tenían cara de no haber tocado en su vida una aguja número cinco.
Lo único que podría haberle dado un indicio a nuestra amiga, exactamente a las nueve de la noche con cuatro minutos, de que algo raro pasaba, era aquel grillito que tanto "creek creek creek" había hecho, que de pronto callaba.
A unas cinco cuadras, una mujer en pleno orgasmo se cayó de la cama, tirando consigo a su amante al darse cuenta que sus cuerdas vocales, sin aviso ni razón, estaban completamente mudas. Una vaca en la granja de los Castelli intentaba mugir desesperada, sin ningún éxito. Miles de conversaciones se detenían de repente. Un gol efectuado por el valioso número nueve de Vélez al desprevenido arquero de Rosario Central (cuya distracción era justificable, ya que creía haber perdido la audición) nunca fue festejado por su tribuna, cuando todos a la vez intentaron gritarlo a puro pulmón, y de sus bocas sólo salió aire, aire vacío, sin ninguna onda de sonido, ni un do ni un re sostenido.
Federica se preparaba para dormir. Colocó su robusto cuerpo en su camita de una plaza, pintorescamente cubierta por el edredón que ella misma había tejido. Lamentablemente, nadie más lo había podido apreciar. Esa noche, entre las sábanas, nuestra Freddy soñó un sueño mudo (pero con unos cuantos colores) que a la mañana no recordaría.
La mayor parte de la gente, en cambio, no durmió. En los noticieros, con carteles improvisados en la pantalla, informaban sobre sólo un tema, y las medidas que se estaban tomando. Unos cuantos estudiosos, al parecer, desde médicos neurólogos hasta sociólogos de París, se habían reunido en la Universidad de esta ciudad, para intentar sacar conclusiones. Un chat grupal fue lo más apropiado, y ahí fue cuando todos se dieron cuenta que el Dr. Hertzfeld tenía faltas de ortografía. Esa fue la única conclusión que se pudo sacar, porque respecto al repentino enmudecimiento (¿o sordera?) de la humanidad, no había ninguna pista.
Las cosas no hacían más ruido, la gente ya no hablaba, los pájaros no piaban, los perros no ladraban, y todas las cosas que tenían que hacer "toing" y "ping" no hacían ni "toing" ni "ping".
El fin de semana pasó tranquilo en lo de Federica. El sábado tempranito hizo pan casero, para comer con mermelada que le había mandado su hermana de Córdoba. Ella no estaba muy bien del oído, a su edad (Freddy podía llegar a los sesenta años de un día para el otro), por eso no le llamó demasiado la atención que el cuchillo no hiciera mucho escándalo cuando cayó al piso. Aunque era cierto que todo estaba muy silencioso. Para colmo, descubrió que el sonido de la tele se había roto, cuando la prendió para ver la novela al mediodía.
Las multitudes en las ciudades enloquecían, hablaban -o mejor dicho, escribían y hacían señas- sobre el fin del mundo. Otros no estaban tan preocupados. Los chinos en toda la ciudad abrieron los supermercados. En gran medida fue por costumbre y porque, si mucha gente creía que venía el fin del mundo, iban a tener que comprar provisiones en algún lugar. Hubo gente que ese domingo leyó, cortó el pasto, y hasta fue a pasear al Parque Pereyra Iraola.
Freddy cocinó sus famosos buñuelos y se los comió sola tomando mates, viendo una película subtitulada con Richard Gere (¡qué churro!) y Julia Roberts.
Tampoco tuvo sospechas el lunes cuando fue a trabajar y sólo tres personas habían ido a la oficina. La que estaba más cerca suyo era Olga, que estaba sentada, casi acurrucada en su silla, sin decir una palabra. En un momento nuestra protagonista casi se anima a acercarse a charlar, pero no quiso ponerse en una situación incómoda, o exponerse a las burlas de su compañera, por lo que se quedó trabajando sin hablar con nadie.
Así pasaron los días. La gente se acostumbró a la falta de sonido y volvió a la rutina, adaptándose como más podían. Clases públicas de lenguaje de señas fueron la medida oficial tomada por el gobierno. La explicación científica fue vaga e inexacta. Nadie la entendió, por supuesto, porque en realidad nadie había podido elaborar una teoría real al respecto. La versión general, un poco fantástica pero quizá la más acertada, fue que los sonidos se habían ido acabando, hasta que un día no quedó ninguno. El rock, el tango, el molesto o dulce timbre de una voz, los llantos de un bebé recién nacido, un maullido a las tres de la mañana, quizá serían cosas para contarles a los nietos.

Freddy nunca se enteró. Murió una semana después sola, sobre su edredón tejido. Después de todo, la soledad y los problemas cardíacos no son una buena combinación. Ella nunca se dio cuenta. Nada había cambiado en su mundo, de todas formas nadie iba a volver a pronunciar su nombre.

Falsa alarma sobre Broadway

Presentía que algo andaba mal. Escuché un ruido en el piso de arriba y subí las escaleras corriendo... volando, de hecho. Y me lo encontré ahí tirado, boca arriba, con los ojos abiertos debajo de esos graciosos anteojos.
-¡Laputamadre! Se murió... Se murió Woody Allen.
Mi primera reacción fue el shock por el talento perdido, por supuesto, el fin de la vida de un ser tan talentoso y a quien yo tanto admiraba, pero sobretodo la culpabilidad de que se hubiera muerto justo el día que yo empezaba mi trabajo cuidándolo.
A continuación un pensamiento emergió en mi mente como un pescado muerto saliendo a flote en la pecera. Los periodistas, los paparazzis, las cámaras de fotos encuadrando al cuerpo muerto de uno de los más grandes cómicos del siglo. Sería una pena que los parientes y amigos de Woody se enteraran fríamente por una imagen televisiva o durante la lectura matutina del diario.
Pero, ¿cómo podía hacer para avisarles? Nadie me había dejado ningún número de teléfono o dirección. Ni siquiera un nombre.
Me arrodillé al lado del cuerpo y empecé a revisarle los bolsillos, ¡una libreta! Pero dentro sólo tenía chistes a medio realizar, los cuales, debo confesar, no eran de lo más graciosos. Bajé las escaleras corriendo para buscar la guía telefónica. Debía avisarle a Annie Hall antes de que se enteraran los periodistas.
Cuando estaba profundamente sumida en las páginas de guía telefónica que no contenía ningún apellido que comenzara en H, porque resulta que a pesar de que esa letra es ampliamente utilizada en los Estados Unidos, debido a su carencia de sonido en las hablas latinas no es oficial, y por lo tanto los burócratas telefónicos no permitían su aparición en la guía, resultando así nombres como Ouston en lugar de Houston.
De pronto me di cuenta que bajaban ruidos por la escalera, como de un hombre mayor reviviendo y poniéndose de pie. Efectivamente allí estaba. Falsa alarma.
-¡¿A vos te parece?! -le dije- ¡Morirte así de repente sin haberme dejado ningún número de teléfono para avisar! Ya te sentás en esa silla y me anotás todos los que te sepas... ¡empezando por el de Annie Hall!


Y después me desperté.

El secreto mejor guardado

A quien encuentre esta nota...
Amigo mío, debo informarle que he descubierto algo, algo que puede cambiar la manera de ver nuestra civilización, algo que podría generar tanto revoluciones como indignación masiva.
Lo que ha descubierto su humilde servidor es nada más ni nada menos que el secreto mejor guardado de los estados occidentales e involucra a todos los altos cargos de sus gobiernos... especialmente sus ministerios de educación... y usted ya sabrá por qué.
El método ya es centenario, surgió en Inglaterra al rededor del año 1870, cuando un grupo de educadores de raíz empirista descubrieron, observando a un grupo de estudiantes de medicina residentes de la Universidad de Oxford, cómo mejoraban las condiciones higiénicas y el orden y comportamiento de los mismos en la cercanía a una actividad que involucrara una demostración de desempeño. Así idearon un sistema de examinación regular, cuyo objetivo explícito era, en verdad, una fachada. Lo que verdaderamente se buscaba era ese automático rechazo a la preparación y al estudio, y su consecuente exceso de actividad en otras áreas. Los alumnos, con tal de no sentarse frente a los libros, ordenaban sus habitaciones, limpiaban su ropa y tenían las ideas más creativas (entre las cuales cabe destacar el invento del "cubo rubik", precisamente por el alumno Juan Rubik).
Lo que sigue todos lo sabemos, el método se generalizó, se estandarizó, y hoy es práctica corriente. Según los archivos a los que he logrado acceder por mero actuar del destino, he llegado a saber que un 70% de los avances en tecnología se debe a estudiantes (sobre todo universitarios o de posgrado), intentando evitar lo más posible el estudio. El método es perfecto, el sujeto siente demasiada culpa como para quedarse con las manos vacías sin hacer nada, pero lo suficientemente hastiado como para efectivamente hacer "lo que debería", por lo que se sumerge en ridículas actividades consumidoras de energía que -también según los estudios- sirven por sobre todo en el mantenimiento de la higiene pública, el orden social, y para el incentivo a los avances. Dentro de las actividades realizadas más frecuentemente, se encuentran las producciones pictóricas, escultóricas (sobre todo realizadas con elementos de escritorio, ej: clips) y producción de textos de ficción en soportes como blogs de la web.
Siendo tan grande el secreto que he descubierto, he de comunicártelo, ya que los que lo celan me buscan, y han de encontrarme muy prontamente.
Te deseo suerte, desconocido compañero.
Sé cauto con esta información.

Señor X.

OKAPI

Anoche me visitó un okapi en sueños, pero no era esta tierna criaturita que aparece en la foto. El okapi que soñé, por lo tanto el VERDADERO okapi era ni más ni menos que una suculenta hamburguesa gelatinosa de alternados colores fucsia y blanco. Por supuesto, contaba con una doble hilera de filosos dientes porque era una MÁQUINA-DE-DEVORAR. Y ni hablar, como ya habrán supuesto, de que entre sus magníficas habilidades, estaba la capacidad de transformarse en ciervo, o en tortuga de mar, para distraer a sus presas, e incluso volverse invisible. El okapi flotaba más o menos a un metro y medio de altura, y volaba considerablemente rápido. Aún así no nos alcanzó cuando corrimos por todos los techos de la cuadra hasta llegar al JARDÍN-DE-INFANTES-EN-LA-TERRAZA, donde la Seño Vicky y la Seño Cristina nos ayudaron a escondernos según el "Manual de Emergencias y Ataques de Osos y Otras Criaturas Aviolentadas" (cuando el señor del Ministerio de Seguridad tuvo que escribir el manual, haciendo caso de las múltiples cartas de la Asociación de Defensa de los Animales, decidió escribir "aviolentadas" en lugar de "violentas" por que se considera pedante y una violación a los derechos del animal el encasillar la personalidad de las bestias sanguinolentas de esa manera).

La duda que me queda es si el okapi se volvió invisible para comernos a nosotros, o a algún pibe desafortunado que hacía sólo minutos disfrutaba de la "hoda dela medienda" con sus compañeritos. Quizá simplemente se fue a hacer las suyas a otro lado. Habría que agarrar a mi inconsciente y cagarlo a trompadas hasta que confiese.