Dr. Pucci, ¿dónde está?
¿Quién te va a hacer los estudios este mes
para saber si es clamidia o gonorrea,
herpes o HIV?
¿Quién te va a regalar cajas de Norgestrel
y preservativos infinitos
de horrorosa fricción?
¿Quién le va a dedicar tanto tiempo y amor
a tus hongos vaginales
como lo hace él?
Nadie como el Dr. Pucci, Nadie.
Sólo un gordito simpático
puede hacer un PAP con tanta convicción,
mientras esa extraña cámara...
te filma la raya.
Y además él te dice
"podés mirar todo por la pantalla",
y te cuenta cómo el yodo
revela las lesiones del cérvix.
¡Ay, Dr. Pucci!
¿Dónde está usted?
492
Brotaba líquido espeso verde de las grietas de las paredes grises, y así como surgía, desaparecía por los múltiples agujeros del piso, por el que a veces se podía espiar a la gente que vivía en el nivel inferior. A veces eran varias familias, a veces era gente solitaria que aparecía por pocos días. Cerca de una semana fueron extrañas criaturas con pelo en todo el cuerpo, que se comieron los restos de habitantes anteriores. Nadie hablaba con nadie en el edificio. Había meses enteros en los que salir por las puertas era peligroso y, en definitiva, imposible. Ellos habían podido sobrevivir porque, gracias a algún desconocido, de una de las ventanas colgaba un puente a través del cual se podía acceder a un edificio más bajo, abandonado, por el cual se podía pasar a la calle por una pequeña puerta con pestillo en el interior.
La calle era lo más difícil. Dependiendo de la época del año, se encontraban vacías, o plagadas de lagartijas, o de personas agonizantes que eran echadas al exterior de los refugios por miedo al contagio, en períodos de plaga infecciosa.
Conseguir comida implicaba alejarse cada vez más del cuarto piso del número cuatrocientos noventa y dos de la calle Libertad. Lo que significaba que próximamente iban a tener que buscar nuevo hogar.
Historias ajenas
0.
Yo fui la primera y la última, la mejor y la peor. Aparte de vos no necesito nada.
I.
En la plaza, como ella acostumbraba, se encontraron. Dieron vueltas por el centro, esa noche de lunes, para terminar comiendo helado en las escalinatas de la Catedral. "¿Sabés qué me gusta hacer? -le preguntó ella- Acostarme acá y mirar para arriba... Sentís que se te cae la Catedral encima". Los dos se acostaron, con el helado todavía en la mano, y miraron un rato para arriba, sufriendo el vertiginoso efecto que ejercía la mole de edificio.
Yo fui la primera y la última, la mejor y la peor. Aparte de vos no necesito nada.
I.
En la plaza, como ella acostumbraba, se encontraron. Dieron vueltas por el centro, esa noche de lunes, para terminar comiendo helado en las escalinatas de la Catedral. "¿Sabés qué me gusta hacer? -le preguntó ella- Acostarme acá y mirar para arriba... Sentís que se te cae la Catedral encima". Los dos se acostaron, con el helado todavía en la mano, y miraron un rato para arriba, sufriendo el vertiginoso efecto que ejercía la mole de edificio.
II.
Estaban fumando de la pipa más rara. Era de piedra, pulida. Se levantó para ir al baño, todavía con el uniforme de trabajo. Cuando volvió, él ya no estaba en la silla, sino en la cama. Entonces, obviamente, se sentó junto a él. Siguieron fumando un rato, riéndose de cualquier cosa. Lo miró, se hizo un pequeño silencio. "¿Tenés cosquillas?", preguntó.
Estaban fumando de la pipa más rara. Era de piedra, pulida. Se levantó para ir al baño, todavía con el uniforme de trabajo. Cuando volvió, él ya no estaba en la silla, sino en la cama. Entonces, obviamente, se sentó junto a él. Siguieron fumando un rato, riéndose de cualquier cosa. Lo miró, se hizo un pequeño silencio. "¿Tenés cosquillas?", preguntó.
III.
Todo dicho, en un banco de Plaza Rocha. En un momento, se acabó el tema de conversación. Los dos miraron el frío enfrente de ellos. Ella sacó el teléfono y miró la hora. "¿Qué hacés?", le preguntó él. "Calculo", le contestó ella, naturalmente. "¿Qué calculás?", preguntó sin comprender. "Los segundos que faltan", dijo ella con total seguridad. "¿Los segundos que faltan para qué?", preguntó él empezando a entender... Ella se ríe... "¿Y a vos qué te parece?".
Todo dicho, en un banco de Plaza Rocha. En un momento, se acabó el tema de conversación. Los dos miraron el frío enfrente de ellos. Ella sacó el teléfono y miró la hora. "¿Qué hacés?", le preguntó él. "Calculo", le contestó ella, naturalmente. "¿Qué calculás?", preguntó sin comprender. "Los segundos que faltan", dijo ella con total seguridad. "¿Los segundos que faltan para qué?", preguntó él empezando a entender... Ella se ríe... "¿Y a vos qué te parece?".
IV.
"¿Querés que te haga masajes?", dijo. Con sus suaves manos empezó a trabajarle la espalda. Cada vez más fuerte, cada vez más lento. Hasta que los masajes se transformaron en caricias. En la cama, en la oscuridad, el punto límite de la fingida amistad había llegado a su desenmascaramiento.
"¿Querés que te haga masajes?", dijo. Con sus suaves manos empezó a trabajarle la espalda. Cada vez más fuerte, cada vez más lento. Hasta que los masajes se transformaron en caricias. En la cama, en la oscuridad, el punto límite de la fingida amistad había llegado a su desenmascaramiento.
V.
Los ojos claros del hombre le sonreían ante cada comentario, cada chiste. Ya hacía rato estaban jugando, hacía rato estaban tomando no sé qué brebaje brasileño. Y las cosas se iban cada vez más de las manos. En un momento de supuesta cordura, decidieron irse a dormir. Cuando volvieron, estaban esperándolas para seguir jugando.
Los ojos claros del hombre le sonreían ante cada comentario, cada chiste. Ya hacía rato estaban jugando, hacía rato estaban tomando no sé qué brebaje brasileño. Y las cosas se iban cada vez más de las manos. En un momento de supuesta cordura, decidieron irse a dormir. Cuando volvieron, estaban esperándolas para seguir jugando.
VI.
Al aire libre, incluso en verano, te cagás de frío. Las amigas la dejaron sola con el chico alto y musculoso. Ella lo raptó y lo llevó todo el camino en bajada, frenando a cada rato para besarse. ¡Quién hubiera imaginado que tan grande y fuerte como era, se iba a derretir como manteca cuando ella conjurara su hechizo!
Al aire libre, incluso en verano, te cagás de frío. Las amigas la dejaron sola con el chico alto y musculoso. Ella lo raptó y lo llevó todo el camino en bajada, frenando a cada rato para besarse. ¡Quién hubiera imaginado que tan grande y fuerte como era, se iba a derretir como manteca cuando ella conjurara su hechizo!
VII.
Un vino, un simple lubricante social. Totalmente innecesario en este caso, cuando sabían para qué se habían encontrado. La anfitriona ni siquiera tomaba alcohol. Debía haber visto muchas películas los sábados a la tarde. Por un rato fueron como niños, jugando felices en las hamacas.
Un vino, un simple lubricante social. Totalmente innecesario en este caso, cuando sabían para qué se habían encontrado. La anfitriona ni siquiera tomaba alcohol. Debía haber visto muchas películas los sábados a la tarde. Por un rato fueron como niños, jugando felices en las hamacas.
VIII.
Era una chica tan insegura... no se animaba, aunque los amaba. Lo amaba a él, hacía años. Y la amaba a ella, la primera. Pero le daba miedo. "Puedo dibujarlos, si quieren", dijo una vez.
Era una chica tan insegura... no se animaba, aunque los amaba. Lo amaba a él, hacía años. Y la amaba a ella, la primera. Pero le daba miedo. "Puedo dibujarlos, si quieren", dijo una vez.
IX.
En la terraza, las telas, colgadas, generaban un ambiente surrealista. Todos los colores, uno al lado del otro, en un fondo neutro y recto, de cemento alisado. Se empezó a hacer de noche, y él todavía no reaccionaba. La tenía ahí, dando vueltas en el piso, acercándose a él, escuchando música romántica. Y él no reaccionaba... Hasta que se cansó. Él estaba viendo si la ropa se secaba. "¿Me ayudás a pararme?", le dijo, con una sonrisa. Ingenuo, no lo dudó. Aprovechando el envión, y sin soltarle la mano, le encajó un beso... Creo que, aún así, tardó unos segundos en entender.
En la terraza, las telas, colgadas, generaban un ambiente surrealista. Todos los colores, uno al lado del otro, en un fondo neutro y recto, de cemento alisado. Se empezó a hacer de noche, y él todavía no reaccionaba. La tenía ahí, dando vueltas en el piso, acercándose a él, escuchando música romántica. Y él no reaccionaba... Hasta que se cansó. Él estaba viendo si la ropa se secaba. "¿Me ayudás a pararme?", le dijo, con una sonrisa. Ingenuo, no lo dudó. Aprovechando el envión, y sin soltarle la mano, le encajó un beso... Creo que, aún así, tardó unos segundos en entender.
X.
Parte I
En la cama, se miraban con los ojos cerrados. Nunca se habían tocado, pero se sentían casados hace tiempo. Ella se acercó y lo besó. "No -dijo él-, no era así como quería que fuera". "A ver, probemos de nuevo", dijo ella. Entonces se acercó él y le dio el beso que quería... con otra intensidad, mucho más calculada.
Parte II
Hacía años se conocían, y hacía años que sus bocas no se tocaban. Estaban sentados... no, estaban despatarrados uno al lado del otro. Se miraban en silencio. Generalmente, se entendían tan bien que no necesitaban hablar mucho, pero esta vez ella estaba en otro lado. "Me intriga mucho saber qué estás pensando", le dijo él. "Quiero que me beses", dijo ella. La mezcla de sorpresa y miedo en su rostro no fue simulada. "Boluda -dijo riéndose- te juro que me esperaba que dijeras cualquier otra cosa".
Parte I
En la cama, se miraban con los ojos cerrados. Nunca se habían tocado, pero se sentían casados hace tiempo. Ella se acercó y lo besó. "No -dijo él-, no era así como quería que fuera". "A ver, probemos de nuevo", dijo ella. Entonces se acercó él y le dio el beso que quería... con otra intensidad, mucho más calculada.
Parte II
Hacía años se conocían, y hacía años que sus bocas no se tocaban. Estaban sentados... no, estaban despatarrados uno al lado del otro. Se miraban en silencio. Generalmente, se entendían tan bien que no necesitaban hablar mucho, pero esta vez ella estaba en otro lado. "Me intriga mucho saber qué estás pensando", le dijo él. "Quiero que me beses", dijo ella. La mezcla de sorpresa y miedo en su rostro no fue simulada. "Boluda -dijo riéndose- te juro que me esperaba que dijeras cualquier otra cosa".
Él estaba en la cola del almacén. Desde la otra punta del local se escucha: "¿Para cuándo unos mates?". Lo miró, miró al cajero que tenía al lado, que se reía por lo bajo. Haciendo mucho ruido con los zapatos, dejó las bolsas en la caja y caminó derecho a la fiambrería. "¿Me estás hablando a mí? ¿O le estás hablando a él?", dijo, señalando al cajero. "No sé -contestó-, depende". "¿De qué?", preguntó. "De si querés o no querés". "¿Unos mates? Cuando quieras".
XII.
En uno de los antros más oscuros de la ciudad, tocaba un ensamble de jazz. Ninguno de los dos le prestaba mucha atención, aunque fingían que sí, para no tener que mirarse incómodamente a la cara. Alguien tenía que avanzar. "¿Te puedo confesar una cosa?", dijo ella. "Ya desde hace un rato tengo muchas ganas de darte un beso". Él se rió con esa sonrisa tan extraña -atractiva y espantosa al mismo tiempo- que le cambiaba toda la cara. "Yo también", dijo.
En uno de los antros más oscuros de la ciudad, tocaba un ensamble de jazz. Ninguno de los dos le prestaba mucha atención, aunque fingían que sí, para no tener que mirarse incómodamente a la cara. Alguien tenía que avanzar. "¿Te puedo confesar una cosa?", dijo ella. "Ya desde hace un rato tengo muchas ganas de darte un beso". Él se rió con esa sonrisa tan extraña -atractiva y espantosa al mismo tiempo- que le cambiaba toda la cara. "Yo también", dijo.
XIII.
Estaba sentado aburrido en la mesa. Le irritaba totalmente la chica gordita, la médica, que no paraba de hablarle. Hasta que en un momento una frase llamó su atención: "Yo te puedo sacar la ficha a vos. Odiás a las mujeres, no me soportás en este momento. Te rompieron el corazón". Desde ese momento la chica gordita empezó a resultarle más atractiva.
Estaba sentado aburrido en la mesa. Le irritaba totalmente la chica gordita, la médica, que no paraba de hablarle. Hasta que en un momento una frase llamó su atención: "Yo te puedo sacar la ficha a vos. Odiás a las mujeres, no me soportás en este momento. Te rompieron el corazón". Desde ese momento la chica gordita empezó a resultarle más atractiva.
XIV.
Fumando un pucho, los dos en la cama del fondo. "Vos sabés que tengo novia, ¿no?". "Sí, claro, la conozco".
Fumando un pucho, los dos en la cama del fondo. "Vos sabés que tengo novia, ¿no?". "Sí, claro, la conozco".
XV.
"Un beso, sólo uno", le pedí. Ese "un" beso se transformó en miles.
"Un beso, sólo uno", le pedí. Ese "un" beso se transformó en miles.
XVI.
Estaba dando vueltas solo en el boliche. La persona a la que quería ver no estaba, pero se la encontró a ella, ¿por qué tiene que ser tan asquerosamente divina todo el tiempo? Todos la aman. Miss Simpatía. Tantas veces lo había rechazado. Ahora no podía decirle que no, estaba más lindo que nunca. Radiante. Bailaron algo así como siete segundos antes de empezar a comerse a besos. Para ella, eran besos. Para él, eran todos los besos que ella antes le había negado. Fue explosivo.
Estaba dando vueltas solo en el boliche. La persona a la que quería ver no estaba, pero se la encontró a ella, ¿por qué tiene que ser tan asquerosamente divina todo el tiempo? Todos la aman. Miss Simpatía. Tantas veces lo había rechazado. Ahora no podía decirle que no, estaba más lindo que nunca. Radiante. Bailaron algo así como siete segundos antes de empezar a comerse a besos. Para ella, eran besos. Para él, eran todos los besos que ella antes le había negado. Fue explosivo.
XVII.
Todos nos están mirando. Todos quieren que pase algo entre nosotros, pero no nos dejan solos. Entonces, ¿qué hacemos? Le rozo muy sutilmente la pierna, lo suficiente para llamar su atención. Me mira con... siempre con cara de asustado. Le hago un muy sutil gesto con la cabeza, señalándole... Me levanto y camino, sin mirarlo sé que me sigue. Nos encontramos en la oscuridad.
Todos nos están mirando. Todos quieren que pase algo entre nosotros, pero no nos dejan solos. Entonces, ¿qué hacemos? Le rozo muy sutilmente la pierna, lo suficiente para llamar su atención. Me mira con... siempre con cara de asustado. Le hago un muy sutil gesto con la cabeza, señalándole... Me levanto y camino, sin mirarlo sé que me sigue. Nos encontramos en la oscuridad.
XVIII.
Hacía horas estaban dando vueltas juntos. Ella ya había vomitado. Él estaba tan drogado que no entendía muy bien qué pasaba. Había venido gente, y la gente se había ido. Sólo dos poetas podían entender. Empezó a acabarse el efecto de las drogas, y estaban los dos en la cama, mirando una película que ya habían visto. No era casualidad. Es más, se sabían los diálogos de memoria.
XIX.
Y, fijate, loco... Estaba re fumada. No me gustaba tanto este loco, pero bueno. No entendía nada. Estaba re loca, re loca re loca. Y de repente estábamos ahí en la pieza a los besos. Y yo no entendía nada por qué él seguía dando vueltas, y eso, y que íbamos a fumar unas cosas más y qué sé yo. Yo estaba pensando en el otro, ¿viste? El que me tiene enamorada. Pero no me importaba mucho. Me divertí, igual, no te creas...
XX.
Fue súper lenta la cuestión. Horas al lado, pegados, días eternos, y nada... Era obvio, ya. Le iba a decir "nos vamos a terminar enamorando nosotros dos". Suerte que no me animé. Ahora lo veo desde lejos, y no daba, ni en pedo. Pero terminamos encontrándonos, buscábamos momentos de intimidad, hasta que se dio. Aunque no cambió mucho las cosas... De hecho, no sé muy bien en qué estamos.
XXI.
Representás la perfección, en el mundo lógico material, y en el supuesto mundo emocional también. Pero en mis pensamientos no tenés cabida. Ni un poco.
XXII.
Tan parecidos, sobre todo en lo andrógino de la actitud. Vos con tus mujeres masculinas y yo siendo una. En una apresurada noche contrarreloj. Por algún motivo no cuadra la excesiva efusividad. Es desconcertante. Quizá algún día volvamos a coincidir en algún país.
XXIII.
Como una media. Un angelito peludo.
XXIV.
Hay algo que me cuadra. Igual, encandila tu color dorado, y tus curvas. Sabés lo que hacés, sin duda. Pero sigo pensando que tenés a alguien.
XXV.
¿Amigos con beneficios? ¿Por qué no? Yo pensaba que nos podíamos enamorar, pero no me gusta tanto tu cuerpo. Sos un poco gordito. Aunque no quiero que te equivoques: tener tetas es algo bueno, después de todo.
XXVI.
Tom nunca pudo atrapar a Jerry. Es una historia de amor que nunca va a terminar bien.
XXVII.
Me hacías acordar a alguien más. Pero nunca nadie me mordió tanto, ni me dejó dormir tan poco. Lo que se veía prometedor, una vez más, termina pareciendo ridículo.
PD: Dijo que sí.
Hacía horas estaban dando vueltas juntos. Ella ya había vomitado. Él estaba tan drogado que no entendía muy bien qué pasaba. Había venido gente, y la gente se había ido. Sólo dos poetas podían entender. Empezó a acabarse el efecto de las drogas, y estaban los dos en la cama, mirando una película que ya habían visto. No era casualidad. Es más, se sabían los diálogos de memoria.
XIX.
Y, fijate, loco... Estaba re fumada. No me gustaba tanto este loco, pero bueno. No entendía nada. Estaba re loca, re loca re loca. Y de repente estábamos ahí en la pieza a los besos. Y yo no entendía nada por qué él seguía dando vueltas, y eso, y que íbamos a fumar unas cosas más y qué sé yo. Yo estaba pensando en el otro, ¿viste? El que me tiene enamorada. Pero no me importaba mucho. Me divertí, igual, no te creas...
XX.
Fue súper lenta la cuestión. Horas al lado, pegados, días eternos, y nada... Era obvio, ya. Le iba a decir "nos vamos a terminar enamorando nosotros dos". Suerte que no me animé. Ahora lo veo desde lejos, y no daba, ni en pedo. Pero terminamos encontrándonos, buscábamos momentos de intimidad, hasta que se dio. Aunque no cambió mucho las cosas... De hecho, no sé muy bien en qué estamos.
XXI.
Representás la perfección, en el mundo lógico material, y en el supuesto mundo emocional también. Pero en mis pensamientos no tenés cabida. Ni un poco.
XXII.
Tan parecidos, sobre todo en lo andrógino de la actitud. Vos con tus mujeres masculinas y yo siendo una. En una apresurada noche contrarreloj. Por algún motivo no cuadra la excesiva efusividad. Es desconcertante. Quizá algún día volvamos a coincidir en algún país.
XXIII.
Como una media. Un angelito peludo.
XXIV.
Hay algo que me cuadra. Igual, encandila tu color dorado, y tus curvas. Sabés lo que hacés, sin duda. Pero sigo pensando que tenés a alguien.
XXV.
¿Amigos con beneficios? ¿Por qué no? Yo pensaba que nos podíamos enamorar, pero no me gusta tanto tu cuerpo. Sos un poco gordito. Aunque no quiero que te equivoques: tener tetas es algo bueno, después de todo.
XXVI.
Tom nunca pudo atrapar a Jerry. Es una historia de amor que nunca va a terminar bien.
XXVII.
Me hacías acordar a alguien más. Pero nunca nadie me mordió tanto, ni me dejó dormir tan poco. Lo que se veía prometedor, una vez más, termina pareciendo ridículo.
PD: Dijo que sí.
Pituto
Un "Pituto", por definición, tiene tres condiciones inherentes:
1. Ser cilíndrico.
2. Ser pequeño.
3. Ser absolutamente innombrable.
Ejemplo de uso en una situación cotidiana:
Mi cuñada no tiene cierre centralizado en el auto. Después de dar vueltas en el auto con mucha gula -aunque habíamos comido un montón de brownies- , decidimos que íbamos a pedir unas fritas en "El Pancho Crazy". Cuando bajamos del auto, como siempre, me preguntó "¿Bajaste el pituto de la puerta?". Y yo, como siempre, me había olvidado de bajarlo.
Y, si no, preguntale a María Marta.
1. Ser cilíndrico.
2. Ser pequeño.
3. Ser absolutamente innombrable.
Ejemplo de uso en una situación cotidiana:
Mi cuñada no tiene cierre centralizado en el auto. Después de dar vueltas en el auto con mucha gula -aunque habíamos comido un montón de brownies- , decidimos que íbamos a pedir unas fritas en "El Pancho Crazy". Cuando bajamos del auto, como siempre, me preguntó "¿Bajaste el pituto de la puerta?". Y yo, como siempre, me había olvidado de bajarlo.
Y, si no, preguntale a María Marta.
Escuchando Morrissey
Pero va él.
Sara da vueltas por la habitación, revolviendo cosas.
-¿Qué buscás?
-El teléfono. No lo encuentro por ningún lado.
Es una egoísta. No pierde ni dos minutos en ir a visitarlo. Supuestamente son amigos, pero lo único que hace ella es llamarlo para contarle los problemas que tiene con el novio y, de vez en cuando, garchan.
-¿Puedo usar tu teléfono para llamarme?
-Sí, agarrá -le dice él, sin dejar de jugar con la guitarra, señalando con la cabeza el teléfono azul que está en la mesita ratona.
Sara agarra el teléfono y empieza a buscarse entre los contactos. "Santi", "Santi casa", "Sarjfnl", "Súper Sara". Con un gesto de picardía, llama a "Súper Sara", sabiendo perfectamente que no es ella. Ella es, obviamente "Sarjfnl", un mamarracho. Pero no puede perder la increíble oportunidad de escucharle la voz a la otra, aquella de la que él no para de hablar.
Suena mi teléfono, es él.
-Hola.
Del otro lado, una voz de mujer. No entiendo.
-Hola, ¿quién es? -me preguntan.
-Sara...
-Ah... no, perdón, me confundí -me dice la voz desconocida-. Esperá que te paso.
Él la mira desconcertada, ¿con quién habla? Ella le ofrece el teléfono.
-¿Quién es? -le pregunta antes de aceptarlo.
-Tu novia -dice ella.
La mira con odio. Es tan maliciosa. Lo hizo a propósito.
-Hola.
-¿Cómo andás? -le pregunto.
-Hola... Súper, bien. Acá con la otra -dice, acuchillándola con la mirada.
-¿Qué andaban haciendo?
-¡Escuchando Morrissey!
-No entiendo.
-No importa. Después hablamos.
-Bueno, dale, chau.
Se sienta, agarra la guitarra de nuevo, y la mira a Sara, quien no le saca la mirada de encima, expectante.
-Sos una forra.
-No quería que se pusiera celosa porque estabas con otra chica.
-Sabés perfectamente que vos no sos "Súper Sara", y sabés perfectamente que le molesta mil veces más que alguien piense que somos novios a que esté con veinticinco minas. Igual no lo escuchó, creo...
Violencia mental
Sigo durmiendo... un poco más. Duermo... ¡No, ya es de día! Pero sigo durmiendo... ¿Cuánto pasó? ¿Una hora? ¿O cinco minutos?... ¿Será de mañana o de tarde? Tengo hambre... debe ser la tarde. Sigo durmiendo... Si me levanto voy a tener que hacer cosas, y no quiero. Un rato más... Sigo... Una última mini-siesta y me levanto...
Bueno, me levanto.
Se despertó muy confundido. Miró el reloj: "ocho de la noche, la concha de la lora". Un día más, perdido. Varios compromisos más que se acumulaban para el día siguiente como cajas de pizza en el fondo la casa.
Y, si la mañana está perdida, la tarde estaba perdida, el día también. Antes de la noche, no pasa nada.
Se vistió como Travolta en su mejor época y salió para el bar, todavía confundido... con la esperanza de que se borraran en el camino las marcas de la almohada. "¿Qué mierda estás haciendo?", se preguntó sin esperar respuesta. "¿Por qué no te buscás otra cosa para hacer que no sea perseguir a esa pelotuda y sos feliz?"... De nuevo sin respuesta.
Se sentó en la mesa con un montón de intelectualoides baratos, de esos que se compran en la santería a $5,50, que siempre están al lado de las velas para rezarle a Santa Catalina. Dejó pasar el tiempo, esperando que llegara la artista. ¿La vio? Claro, ahí sentada. Entró sin saludar, "como siempre, la muy hija de puta, poeta de mierda, se hace la interesante". A veces se justificaba dudando si lo había visto o no. A veces a él también le pasaba que entraba alguien y no lo veía... muy común, un error que podría pasarle a cualquiera.
Ahí adentro todos se conocían. Después de todo, pasar tantos años frecuentando un lugar con clientes tan regulares, generaba una especie de intimidad... a veces un tanto incómoda. Sobre todo cuando había una intimidad entre ellos dos que nadie conocía, aunque varios sospechaban. Estaba sentada en la barra, como siempre, lo que por algún motivo, de repente, era detestable.
"Bueno, me acerco yo", pensó él. Con un tono frío y distante la saludó y le hizo un par de comentarios sin importancia, mientras por dentro lo único que podía pensar es "Quiero fumar desnudo acostado mientras pintás en el atril que tenés al lado de la cama."
Después del breve contacto, se dio vuelta y volvió a su mesa, hablando de cosas ridículamente interesantes con el grupo de gente con el que estaba. Ella seguía ahí sentada. Haciendo nada.
Estuvo cinco minutos y se fue. Salió. Sin saludar.
"Forra", pensó él. Ya va a volver.
No volvió.
Al rato él se fue también. "¿Paso por la casa? No, mejor espero a mañana. Mejor no paso nunca. O paso ahora, total qué mierda me importa. Quiero verla".
Y no era amor, era lisa y llana calentura... y bastante, pero bastante, violencia.
Ultra secreto
Diez treinta de la mañana, suena el despertador. Las cotorras en la palmera de enfrente se ven más sospechosas que de costumbre. "¡Chajá!", les grito desde la ventana. El vecino de enfrente me tira un zapato, por fin completo el par. Tomo mi café, la leche está pasada, igual que ayer. Me pongo mi sobretodo, sombrero, bigote postizo, paraguas, cubretetera y minifalda y salgo como todas las mañanas, bajo el frío viento de Junio.
Por la calle, la gente me mira de reojo.
Un niño a lo lejos lleva sus libros sobre la cabeza, me detengo a aplaudirlo. Corre. En el micro, una señora mayor, setenta kilos, un metro y medio, mira sin disimulo mi paraguas rosado, o quizá las sandalias con medias.
Un niño a lo lejos lleva sus libros sobre la cabeza, me detengo a aplaudirlo. Corre. En el micro, una señora mayor, setenta kilos, un metro y medio, mira sin disimulo mi paraguas rosado, o quizá las sandalias con medias.
En el café estamos los mismos de siempre, pido un camel de diez y un té con whiskey. Estoy leyendo los obituarios, como de costumbre, cuando noto que en la otra punta de la habitación una chica de entre veinte y treinta años, cincuenta kilos, extremadamente sensual, me mira directamente a los ojos y se empieza a tocar diciendo “Ohhh, ¡sí!”.
Me acerco, sin quitarle los ojos de encima y, sin preámbulos, le confieso “Lo siento, pero estoy casada con mi trabajo, nena”, mientras escupo en el piso. Vuelvo a mi silla. No se puede confiar en nadie, quizá sea una espía. El agente secreto no tiene tiempo para romances.
Salgo a la calle, tres hombres intercambian drogas en un local sin cartel, o quizá información secreta sobre armas nucleares.
Salgo a la calle, tres hombres intercambian drogas en un local sin cartel, o quizá información secreta sobre armas nucleares.
Mi psiquiatra dice que mis alucinaciones paranoicas están tomando control de mi mente. Asiento sin escucharlo y salgo del lugar, donde sospecho que hay cámaras esperando que revele información confidencial sobre mi refugio.
Uno de mis superiores, a quienes nunca conozco en persona, dejó un mensaje cifrado en un papel arrugado cerca de una alcantarilla. No logro comprenderlo. Me encamino a la dirección señalada en el papel, sólo para presenciar un claro complot entre agentes enemigos encubiertos. No deben verme, me oculto. Mi ataque sorpresa funciona a la perfección, los confundo, ladran, y huyo rápidamente del lugar antes de que lleguen los polizontes.
Catorce treinta, estoy en la plaza central, observando a los pasantes mientras ingiero mi almuerzo. Empiezo a sospechar que alguien ha querido envenenarme e inmediatamente me realizo un autolavado de estómago entre el tobogán y la calesita.
Dedico la próxima hora a intentar acceder a la base de datos enemiga. Debo eliminar todo archivo que tengan sobre mi persona. El plan no funciona, su seguridad es demasiado rigurosa.
Vuelvo a casa. Noto que alguien me sigue. "¡Currucucú!". Me desvío, pierdo a mi persecutor con maniobras que aprendí en la academia, sólo para encontrarme acorralada por tres de ellos, a quienes ataco con mi paraguas. Los agresores, confundidos, se alejan aleteando, mientras vuelvo a mi guarida.
Por la noche pienso en la vida solitaria de los agentes secretos, mientras alimento a mi gata y veo las noticias.
El mundo es un lugar difícil, y necesita superhéroes encubiertos.
De la gruta
Las casas de Amanda y Dafne quedaban a una distancia de aproximadamente veinte metros, la una de la otra. Eran las únicas dos casa de la playa y las habían conseguido a buen precio porque no mucha gente estaba dispuesta a lidiar con el clima y las mareas del helado mar del sur. Todas las mañanas desayunaban juntas, y todas las tardes, exactamente media hora antes del atardecer se reunían en la orilla. No eran de muchas palabras. Coordinaban los relojes y cada una salía por su lado.
Amanda tenía dos grandes miedos, morir aplastada contra una roca, por un lado, y la oscuridad impenetrable de las grutas, por el otro. A Dafne le causaba un pánico profundo el mar de noche, cuando después de la llegada de la noche transformaba su coloridas y graciosas olas en una gigante masa negra sin ley. Aún considerando esto, quizá en un acto de masoquismo, o buscando una dosis diaria de adrenalina, ambas salían, media hora antes del atardecer, a ponerse cara a cara con sus miedos.
Los primeros minutos eran los más fáciles. Amanda caminaba por la costa hacia el Este, y a medida que avanzaba trotando tranquilamente las piedras se transformaban en acantilado, y unas ligeras líneas que parecían hechas por mano humana rítmicamente se transformaban en las cuevas, cada vez más profundas y oscuras. Dafne, por su lado, metía los pies en el agua y caminaba hasta que esta le llegaba a la cintura. Desde ese punto, nadaba en línea recta sin descansar, viendo por momentos con el rabillo del ojo a su amiga en la distancia, allá lejos a su izquierda.
Pasados quince minutos, cuando se encontraban a una distancia considerable del punto de partida, las alarmas de los relojes de ambas sonaban, marcando el inicio de la carrera personal de cada una contra el atardecer. El sol a esa hora, ya besando el horizonte, amenazaba con dejarlas en la oscuridad en cualquier momento. Era el momento de emprender la vuelta. La marea comenzaba a subir, dejando a Amanda en un pasillo cada vez más estrecho, mojando de vez en cuando sus zapatillas a medida que trotaba cada vez más rápido, con la mirada fija en la playa a varios cientos de metros. Dafne ya había pegado la vuelta, y respiraba agitadamente entre las olas heladas cuando sacaba la cabeza para respirar.
Así sucedía todas las tardes.
Se encontraban en la orilla, agitadas, agotadas, mientras el Sol opulento terminaba de desaparecer como avergonzado de su derrota.
Un día Amanda no llegó. Algo hizo que se retrasara. Cuando estaba ya volviendo sobre sus huellas, aumentando la velocidad con el atardecer en los ojos, algo la hizo detenerse y llamar su atención dentro de una gruta a su derecha. Ella nunca entraba, por supuesto... Había algo macabro en esa oscuridad. Algunas gotas cayendo, percudiendo una marcha fúnebre sobre la piedra. Sin embargo, algo se oía, o parecía verse. Una respiración arrítmica, un destello de piel blanca, un olor putrefacto.
Las zapatillas de correr, junto con Amanda en su totalidad, llegaron a la playa unos cinco minutos después del atardecer, empapadas. La muchacha no quiso dar explicaciones. Enfiló directamente a su casa, sola, y diez minutos después apagó todas las luces. Dafne pudo suponer, acertadamente, que algo fuera de lo común había sucedido.
En la cama, con los ojos cerrados, Amanda pudo volver a sentir el olor putrefacto que había sentido en la gruta. No oía las pisadas, o algo inusual entre los ruidos que se colaban por la ventana abierta, pero sabía que la criatura se acercaba. Pudo sentir cuando estuvo dentro de la habitación, y sin embargo no podía abrir los ojos. Se encontraba petrificada, como una momia, apenas respirando. La criatura curioseaba, olfateaba las pertenencias de la muchacha sin preocuparse por que ésta notara su presencia. Veía a Amanda en la cama, con los ojos cerrados y su miedo le causaba algo de repugnancia, la enfurecía. Acercó una de sus largas uñas a la cara de la chica, y la apoyó suavemente en lo alto de su frente. Una minúscula gota de sangre brotó del punto, y se transformó en una roja línea a medida que la criatura fue descendiendo con su garra a lo largo de la cara de Amanda. Lentamente marcó su rostro, pasando entre las cejas, por la nariz, cortando los labios, y deteniéndose en el cuello.
Federica
Federica era una mujer solitaria. Su único apodo se lo había puesto ella misma, y era la única que lo conocía: "Freddy". Por supuesto, nadie estaba ahí para decirle que Freddy era un apodo de hombre, excepto quizá por la cantante de Queen.
Freddy vivía
sola, comía sola, trabajaba cuatro horas por día en el Ministerio de Educación
de calle trece, aunque la verdad es que ella de educación mucho no sabía. A
veces le hacían transcribir cosas, y con lo lentos que eran sus regordetes
dedos, podía llegar a tardar toda la jornada laboral en copiar una sola
carilla. A esto se sumaban las pausas para el mate, o para comprarle bijouterie
a la chica morochita que venía. Ella no iba a fumar con el resto. Para empezar,
porque no fumaba. El humo le daba tos. Segundo, porque se sentía muy incómoda
con sus compañeras de trabajo, todas tan despechugadas (y eso que algunas
rozaban los cincuenta) y extrovertidas. Federica, en definitiva, estaba sola.
Por eso ese viernes a la noche no notó nada raro. La tele estaba apagada, ella
tejía sentada en el silloncito de mimbre. Las revistas que tenía al lado
mostraban los últimos diseños en saquitos de lana para bebés y otros en los que
aparecían las fotos de unas chicas treintañeras que tenían cara de no haber
tocado en su vida una aguja número cinco.
Lo único que
podría haberle dado un indicio a nuestra amiga, exactamente a las nueve de la
noche con cuatro minutos, de que algo raro pasaba, era aquel grillito que tanto
"creek creek creek" había hecho, que de pronto callaba.
A unas cinco
cuadras, una mujer en pleno orgasmo se cayó de la cama, tirando consigo a su
amante al darse cuenta que sus cuerdas vocales, sin aviso ni razón, estaban
completamente mudas. Una vaca en la granja de los Castelli intentaba mugir
desesperada, sin ningún éxito. Miles de conversaciones se detenían de repente.
Un gol efectuado por el valioso número nueve de Vélez al desprevenido arquero
de Rosario Central (cuya distracción era justificable, ya que creía haber
perdido la audición) nunca fue festejado por su tribuna, cuando todos a la vez
intentaron gritarlo a puro pulmón, y de sus bocas sólo salió aire, aire vacío,
sin ninguna onda de sonido, ni un do ni un re sostenido.
Federica se
preparaba para dormir. Colocó su robusto cuerpo en su camita de una plaza,
pintorescamente cubierta por el edredón que ella misma había tejido.
Lamentablemente, nadie más lo había podido apreciar. Esa noche, entre las
sábanas, nuestra Freddy soñó un sueño mudo (pero con unos cuantos colores) que
a la mañana no recordaría.
La mayor parte
de la gente, en cambio, no durmió. En los noticieros, con carteles improvisados
en la pantalla, informaban sobre sólo un tema, y las medidas que se estaban
tomando. Unos cuantos estudiosos, al parecer, desde médicos neurólogos hasta
sociólogos de París, se habían reunido en la Universidad de esta ciudad, para
intentar sacar conclusiones. Un chat grupal fue lo más apropiado, y ahí fue
cuando todos se dieron cuenta que el Dr. Hertzfeld tenía faltas de ortografía.
Esa fue la única conclusión que se pudo sacar, porque respecto al repentino
enmudecimiento (¿o sordera?) de la humanidad, no había ninguna pista.
Las cosas no
hacían más ruido, la gente ya no hablaba, los pájaros no piaban, los perros no
ladraban, y todas las cosas que tenían que hacer "toing" y
"ping" no hacían ni "toing" ni "ping".
El fin de semana
pasó tranquilo en lo de Federica. El sábado tempranito hizo pan casero, para
comer con mermelada que le había mandado su hermana de Córdoba. Ella no estaba
muy bien del oído, a su edad (Freddy podía llegar a los sesenta años de un día
para el otro), por eso no le llamó demasiado la atención que el cuchillo no
hiciera mucho escándalo cuando cayó al piso. Aunque era cierto que todo estaba
muy silencioso. Para colmo, descubrió que el sonido de la tele se había roto,
cuando la prendió para ver la novela al mediodía.
Las multitudes
en las ciudades enloquecían, hablaban -o mejor dicho, escribían y hacían señas-
sobre el fin del mundo. Otros no estaban tan preocupados. Los chinos en toda la
ciudad abrieron los supermercados. En gran medida fue por costumbre y porque,
si mucha gente creía que venía el fin del mundo, iban a tener que comprar
provisiones en algún lugar. Hubo gente que ese domingo leyó, cortó el pasto, y
hasta fue a pasear al Parque Pereyra Iraola.
Freddy cocinó
sus famosos buñuelos y se los comió sola tomando mates, viendo una película
subtitulada con Richard Gere (¡qué churro!) y Julia Roberts.
Tampoco tuvo
sospechas el lunes cuando fue a trabajar y sólo tres personas habían ido a la oficina.
La que estaba más cerca suyo era Olga, que estaba sentada, casi acurrucada en
su silla, sin decir una palabra. En un momento nuestra protagonista casi se
anima a acercarse a charlar, pero no quiso ponerse en una situación incómoda, o
exponerse a las burlas de su compañera, por lo que se quedó trabajando sin
hablar con nadie.
Así pasaron los
días. La gente se acostumbró a la falta de sonido y volvió a la rutina,
adaptándose como más podían. Clases públicas de lenguaje de señas fueron la
medida oficial tomada por el gobierno. La explicación científica fue vaga e
inexacta. Nadie la entendió, por supuesto, porque en realidad nadie había
podido elaborar una teoría real al respecto. La versión general, un poco
fantástica pero quizá la más acertada, fue que los sonidos se habían ido
acabando, hasta que un día no quedó ninguno. El rock, el tango, el molesto o
dulce timbre de una voz, los llantos de un bebé recién nacido, un maullido a
las tres de la mañana, quizá serían cosas para contarles a los nietos.
Freddy nunca se
enteró. Murió una semana después sola, sobre su edredón tejido. Después de todo,
la soledad y los problemas cardíacos no son una buena combinación. Ella nunca
se dio cuenta. Nada había cambiado en su mundo, de todas formas nadie iba a
volver a pronunciar su nombre.
Falsa alarma sobre Broadway
Presentía que algo andaba mal. Escuché un ruido en el piso de arriba y subí las escaleras corriendo... volando, de hecho. Y me lo encontré ahí tirado, boca arriba, con los ojos abiertos debajo de esos graciosos anteojos.
-¡Laputamadre! Se murió... Se murió Woody Allen.
Mi primera reacción fue el shock por el talento perdido, por supuesto, el fin de la vida de un ser tan talentoso y a quien yo tanto admiraba, pero sobretodo la culpabilidad de que se hubiera muerto justo el día que yo empezaba mi trabajo cuidándolo.
A continuación un pensamiento emergió en mi mente como un pescado muerto saliendo a flote en la pecera. Los periodistas, los paparazzis, las cámaras de fotos encuadrando al cuerpo muerto de uno de los más grandes cómicos del siglo. Sería una pena que los parientes y amigos de Woody se enteraran fríamente por una imagen televisiva o durante la lectura matutina del diario.
Pero, ¿cómo podía hacer para avisarles? Nadie me había dejado ningún número de teléfono o dirección. Ni siquiera un nombre.
Me arrodillé al lado del cuerpo y empecé a revisarle los bolsillos, ¡una libreta! Pero dentro sólo tenía chistes a medio realizar, los cuales, debo confesar, no eran de lo más graciosos. Bajé las escaleras corriendo para buscar la guía telefónica. Debía avisarle a Annie Hall antes de que se enteraran los periodistas.
Cuando estaba profundamente sumida en las páginas de guía telefónica que no contenía ningún apellido que comenzara en H, porque resulta que a pesar de que esa letra es ampliamente utilizada en los Estados Unidos, debido a su carencia de sonido en las hablas latinas no es oficial, y por lo tanto los burócratas telefónicos no permitían su aparición en la guía, resultando así nombres como Ouston en lugar de Houston.
De pronto me di cuenta que bajaban ruidos por la escalera, como de un hombre mayor reviviendo y poniéndose de pie. Efectivamente allí estaba. Falsa alarma.
-¡¿A vos te parece?! -le dije- ¡Morirte así de repente sin haberme dejado ningún número de teléfono para avisar! Ya te sentás en esa silla y me anotás todos los que te sepas... ¡empezando por el de Annie Hall!
Y después me desperté.
-¡Laputamadre! Se murió... Se murió Woody Allen.
Mi primera reacción fue el shock por el talento perdido, por supuesto, el fin de la vida de un ser tan talentoso y a quien yo tanto admiraba, pero sobretodo la culpabilidad de que se hubiera muerto justo el día que yo empezaba mi trabajo cuidándolo.
A continuación un pensamiento emergió en mi mente como un pescado muerto saliendo a flote en la pecera. Los periodistas, los paparazzis, las cámaras de fotos encuadrando al cuerpo muerto de uno de los más grandes cómicos del siglo. Sería una pena que los parientes y amigos de Woody se enteraran fríamente por una imagen televisiva o durante la lectura matutina del diario.
Pero, ¿cómo podía hacer para avisarles? Nadie me había dejado ningún número de teléfono o dirección. Ni siquiera un nombre.
Me arrodillé al lado del cuerpo y empecé a revisarle los bolsillos, ¡una libreta! Pero dentro sólo tenía chistes a medio realizar, los cuales, debo confesar, no eran de lo más graciosos. Bajé las escaleras corriendo para buscar la guía telefónica. Debía avisarle a Annie Hall antes de que se enteraran los periodistas.
Cuando estaba profundamente sumida en las páginas de guía telefónica que no contenía ningún apellido que comenzara en H, porque resulta que a pesar de que esa letra es ampliamente utilizada en los Estados Unidos, debido a su carencia de sonido en las hablas latinas no es oficial, y por lo tanto los burócratas telefónicos no permitían su aparición en la guía, resultando así nombres como Ouston en lugar de Houston.
De pronto me di cuenta que bajaban ruidos por la escalera, como de un hombre mayor reviviendo y poniéndose de pie. Efectivamente allí estaba. Falsa alarma.
-¡¿A vos te parece?! -le dije- ¡Morirte así de repente sin haberme dejado ningún número de teléfono para avisar! Ya te sentás en esa silla y me anotás todos los que te sepas... ¡empezando por el de Annie Hall!
Y después me desperté.
El secreto mejor guardado
A quien encuentre esta nota...
Amigo mío, debo informarle que he descubierto algo, algo que puede cambiar la manera de ver nuestra civilización, algo que podría generar tanto revoluciones como indignación masiva.
Lo que ha descubierto su humilde servidor es nada más ni nada menos que el secreto mejor guardado de los estados occidentales e involucra a todos los altos cargos de sus gobiernos... especialmente sus ministerios de educación... y usted ya sabrá por qué.
El método ya es centenario, surgió en Inglaterra al rededor del año 1870, cuando un grupo de educadores de raíz empirista descubrieron, observando a un grupo de estudiantes de medicina residentes de la Universidad de Oxford, cómo mejoraban las condiciones higiénicas y el orden y comportamiento de los mismos en la cercanía a una actividad que involucrara una demostración de desempeño. Así idearon un sistema de examinación regular, cuyo objetivo explícito era, en verdad, una fachada. Lo que verdaderamente se buscaba era ese automático rechazo a la preparación y al estudio, y su consecuente exceso de actividad en otras áreas. Los alumnos, con tal de no sentarse frente a los libros, ordenaban sus habitaciones, limpiaban su ropa y tenían las ideas más creativas (entre las cuales cabe destacar el invento del "cubo rubik", precisamente por el alumno Juan Rubik).
Lo que sigue todos lo sabemos, el método se generalizó, se estandarizó, y hoy es práctica corriente. Según los archivos a los que he logrado acceder por mero actuar del destino, he llegado a saber que un 70% de los avances en tecnología se debe a estudiantes (sobre todo universitarios o de posgrado), intentando evitar lo más posible el estudio. El método es perfecto, el sujeto siente demasiada culpa como para quedarse con las manos vacías sin hacer nada, pero lo suficientemente hastiado como para efectivamente hacer "lo que debería", por lo que se sumerge en ridículas actividades consumidoras de energía que -también según los estudios- sirven por sobre todo en el mantenimiento de la higiene pública, el orden social, y para el incentivo a los avances. Dentro de las actividades realizadas más frecuentemente, se encuentran las producciones pictóricas, escultóricas (sobre todo realizadas con elementos de escritorio, ej: clips) y producción de textos de ficción en soportes como blogs de la web.
Siendo tan grande el secreto que he descubierto, he de comunicártelo, ya que los que lo celan me buscan, y han de encontrarme muy prontamente.
Te deseo suerte, desconocido compañero.
Sé cauto con esta información.
Señor X.
Amigo mío, debo informarle que he descubierto algo, algo que puede cambiar la manera de ver nuestra civilización, algo que podría generar tanto revoluciones como indignación masiva.
Lo que ha descubierto su humilde servidor es nada más ni nada menos que el secreto mejor guardado de los estados occidentales e involucra a todos los altos cargos de sus gobiernos... especialmente sus ministerios de educación... y usted ya sabrá por qué.
El método ya es centenario, surgió en Inglaterra al rededor del año 1870, cuando un grupo de educadores de raíz empirista descubrieron, observando a un grupo de estudiantes de medicina residentes de la Universidad de Oxford, cómo mejoraban las condiciones higiénicas y el orden y comportamiento de los mismos en la cercanía a una actividad que involucrara una demostración de desempeño. Así idearon un sistema de examinación regular, cuyo objetivo explícito era, en verdad, una fachada. Lo que verdaderamente se buscaba era ese automático rechazo a la preparación y al estudio, y su consecuente exceso de actividad en otras áreas. Los alumnos, con tal de no sentarse frente a los libros, ordenaban sus habitaciones, limpiaban su ropa y tenían las ideas más creativas (entre las cuales cabe destacar el invento del "cubo rubik", precisamente por el alumno Juan Rubik).
Lo que sigue todos lo sabemos, el método se generalizó, se estandarizó, y hoy es práctica corriente. Según los archivos a los que he logrado acceder por mero actuar del destino, he llegado a saber que un 70% de los avances en tecnología se debe a estudiantes (sobre todo universitarios o de posgrado), intentando evitar lo más posible el estudio. El método es perfecto, el sujeto siente demasiada culpa como para quedarse con las manos vacías sin hacer nada, pero lo suficientemente hastiado como para efectivamente hacer "lo que debería", por lo que se sumerge en ridículas actividades consumidoras de energía que -también según los estudios- sirven por sobre todo en el mantenimiento de la higiene pública, el orden social, y para el incentivo a los avances. Dentro de las actividades realizadas más frecuentemente, se encuentran las producciones pictóricas, escultóricas (sobre todo realizadas con elementos de escritorio, ej: clips) y producción de textos de ficción en soportes como blogs de la web.
Siendo tan grande el secreto que he descubierto, he de comunicártelo, ya que los que lo celan me buscan, y han de encontrarme muy prontamente.
Te deseo suerte, desconocido compañero.
Sé cauto con esta información.
Señor X.
OKAPI
Anoche me visitó un okapi en sueños, pero no era esta tierna criaturita que aparece en la foto. El okapi que soñé, por lo tanto el VERDADERO okapi era ni más ni menos que una suculenta hamburguesa gelatinosa de alternados colores fucsia y blanco. Por supuesto, contaba con una doble hilera de filosos dientes porque era una MÁQUINA-DE-DEVORAR. Y ni hablar, como ya habrán supuesto, de que entre sus magníficas habilidades, estaba la capacidad de transformarse en ciervo, o en tortuga de mar, para distraer a sus presas, e incluso volverse invisible. El okapi flotaba más o menos a un metro y medio de altura, y volaba considerablemente rápido. Aún así no nos alcanzó cuando corrimos por todos los techos de la cuadra hasta llegar al JARDÍN-DE-INFANTES-EN-LA-TERRAZA, donde la Seño Vicky y la Seño Cristina nos ayudaron a escondernos según el "Manual de Emergencias y Ataques de Osos y Otras Criaturas Aviolentadas" (cuando el señor del Ministerio de Seguridad tuvo que escribir el manual, haciendo caso de las múltiples cartas de la Asociación de Defensa de los Animales, decidió escribir "aviolentadas" en lugar de "violentas" por que se considera pedante y una violación a los derechos del animal el encasillar la personalidad de las bestias sanguinolentas de esa manera).
La duda que me queda es si el okapi se volvió invisible para comernos a nosotros, o a algún pibe desafortunado que hacía sólo minutos disfrutaba de la "hoda dela medienda" con sus compañeritos. Quizá simplemente se fue a hacer las suyas a otro lado. Habría que agarrar a mi inconsciente y cagarlo a trompadas hasta que confiese.
Siempre hay una aguja para un descosido
Cuatro paredes blancas. No era mucho, pero era lo que podían pagar con lo que ganaban un carpintero y una costurera. Parece una combinación de otro siglo. Ahora los jóvenes se dedican a la administración, las humanísticas, la informática, pero ellos no. A ella le enseñó a coser su abuela Lucy, con una Singer de esas a pedal. Pero no un pedal con cable y electricidad como los de ahora. Estoy hablando del pedal que te hacía sacar más músculo en las pantorrillas que una jugadora de hockey.
Él tenía un
taller con su viejo en la esquina. Las máquinas, las latas de barniz, todo
llenaba el ambiente de ese aroma tan especial. Y, de repente, se encontraron
con cuatro paredes vacías. “Casa”, le tenían que empezar a decir a ese lugar,
ese lugar tan blanco, tan distinto a todos los ambientes y espacios que habían
estado llenando con su trabajo desde tan chiquitos. No tenían ni un mueble, ni
una cortina, ni repasadores, ni sillas ni escritorios. Y, así como llegaron, se
pusieron a medir, a calcular, a cortar, a pegar, cada uno en su materia. Él
hizo las sillas, ella las tapizó. Ella hizo las cortinas, él hizo la barra para
colgarlas, y la amuró en la pared. Los sillones nuevos de madera blanca de pino
se cubrieron con almohadones del mismo color.
-Acá haría falta
un revistero.
-Yo lo hago, con
las maderitas que me sobraron. ¿Apoya-vasos?
-Dejámelo a
mí".
Lo que no se
hacía con madera, se resolvía con tela. O los materiales se complementaban unos
con otros, generando un espacio tan blanco y medido, que hacía que la luz
rebotara en cada aprovechado rincón, haciendo que pareciera de día las
veinticuatro horas. Manteles blancos en la mesa blanca. Sábanas blancas en la
cama blanca. Todo encajaba perfecto. Nada de medidas comerciales, patrones ni
estándares. El centímetro y la cinta métrica eran la regla. A veces, entraban
en desacuerdos, como el día en el que decidieron hacer un ajedrez. Terminaron concordando
que ella haría el tablero y él las piezas; o hermosos encuentros como cuando él
le armó una cajita de pino para sus carretes, agujas y alfileres, y ella le
cosió un cinturón para colgar las herramientas.
El día que se
les complicó fue cuando quisieron hacer un calefón en vez de comprarse uno.
Trágico final.
La diferencia entre el gol y el golazo
Ok, vamos a hacer una pequeña definición.
Hay un deporte detrás del fútbol, hay toda una serie de reglas y convenciones que, si bien, no están escritas, valen y son conocidas incluso más que aquellas que forman parte del reglamento. Distintos términos innegablemente universales las materializan: un "pechofrío" o "muerto", uno que sin duda "se tiró", etc. No voy a seguir porque ahí se acaba mi lista de ideas.
Lo que vamos a analizar hoy es el concepto indiscutible del "Golazo".
Yo era chica cuando le pregunté a mi abuelo por qué había dicho que ese gol era un "golazo" y él no me dio otra explicación que "...Porque mirá la repetición. No fue un gol, fue un golazo". A partir de ese momento, la diferencia fue indiscutible para mí. Los jugadores de basquet meten un doble, un triple. Lo mismo que no es lo mismo que un futbolista meta un gol que un Golazo.
El término, por otro lado, es universal. Nadie dice que fue un "re-gol", un "súper-gol" o un "gol muy bueno". Un golazo es un golazo, no hay con qué darle.
Además, si a cien personas les ponemos adelante distintas repeticiones de goles a través de la historia, estoy seguramente que la noción de "golazo" va a coincidir en un 99 % de los casos.
¿Qué conlleva meter un golazo? Puede ser que no sume puntos, pero sin duda suma respeto. Y el autor (o el que lo "convierte", término que jamás tendrá explicación para mí, ¿lo convierte en qué?) va a dar cada pisada sobre el césped ese día, sabiendo que hizo un golazo, y que no es lo mismo que nada.
Veo veo, ¿qué ves? ¡Casualidad!
“¡Dame mi Fanta!”, gritó Rosca cuando empecé a subirme al micro. Abrí la bolsa de las compras y se la tiré por entremedio de la multitud que me arrastraba a la máquina de las monedas. Los cierres abriéndose de los monederos, o botones en algunos casos; las miradas superadas de aquellos con tarjetas; y una nena haciéndose la canchera pidiendo un escolar y refregándole a todo el mundo cómo sólo metía una monedita para su boleto. Había un asiento vacío, ¡vamos todavía! Si alguna vieja moribunda, o una embarazada, o una mami con bebé se me llega a parar al lado para que le dé el asiento, sea quien sea, la tiro del micro en movimiento antes de que pueda decir "pisingallo".
Me tocó mi asiento
favorito: el del fondo, al lado de la puerta. Desde ahí podés ver a todos. El
pelado que la mira a la flaca. Un pendejo que se la quiere apoyar a su amiga en
cada loma de burro. Y una rubia careta que se hace la dormida cada vez que
alguien le pasa por al lado, pero yo la veo abrir los ojos. No sabés lo boluda
que parecés en este momento.
Al lado de la
máquina de monedas, allá adelante, un chico con unas cejas tan grandes que se
le unen en el medio de la cara como un toldo de peluche. Yo lo conozco. Es el
primo de la Rosca. Yo me acuerdo que vive en Tolosa (para donde está yendo este
micro), así que tendría sentido que fuera él, yendo para su casa. Es más, es
raro que nunca antes lo haya visto. ¿Qué? ¿No se toma micros? ¿Se le rompió el
auto? ¿Salió más tarde de clase? ¿Por qué nunca lo vi acá si me tomo este micro
quichicientas veces por día todos los días? Debería ir a preguntarle qué carajo
hace acá, acaparando lugar en el transporte público de repente ahora cuando se
le da la gana, ¿por qué no antes?
Para el micro y
sube otro cejudo, esa ceja es imposible no reconocerla. Esperá, algo está mal. El otro primo de la Rosca está subiendo al
mismo micro. ¡Esto es una falta de respeto! Nunca jamás había visto a ninguno
de los dos y ahora se les ocurre subir al mismo tiempo al mismo micro donde
estoy yo. Que alguien me explique cómo funciona esto.
Pero pará. No se
saludaron, por ahí alguno de ellos no es primo de la Rosca y me estoy
confundiendo. Por ahí ninguno de los dos es primo de la Rosca. Por ahí, de
hecho, la Rosca no tiene primos. Pero, ¿puede ser? ¿Puede ser que efectivamente
sean hermanos, en el mismo micro, yendo para el mismo lugar, y no se hayan
saludado? Evidentemente no se vieron.
El mayor, el que
acaba de entrar, sigue sacando monedas y poniéndolas en la máquina. El menor
está a menos de un metro de él, pero mirando para el otro lado. Cuando el
primero se mueve, una chica se interpone entre los dos, obstruyendo las
miradas. Encima los dos tienen unos lentes que indican que deben estar, como
mínimo, ciegos como un topo mutilado. ¿No se huelen? ¿No se sienten? ¿No se
perciben de alguna forma extraña como las hormigas, con feromonas o algo así?
El menor se endereza, podría verlo al otro si no fuera porque... una vieja se
paró, volvió a estorbar.
Y lo más
gracioso es que ninguno de ellos sabe que yo estoy ahí, que ellos son hermanos
y no se ven. Soy una pitonisa, el oráculo que sabía lo que ellos se van a dar
cuenta más tarde. Soy Dios Omnisciente, oculta desde mi caperuza gris y puedo
verlo todo y a todos desde el último asiento del micro.
Se acaba el
juego. Tengo que bajar. Todo el mundo parece querer descender en la misma
parada que yo, pero me abro paso con mi espada láser y logro ser yo la que toca
la chicharra (¡Peeeee!). Cuando pongo
el último pie en el escalón escucho atrás mío:
-¡Ey! ¿Cómo
estás? ¿Cuándo subiste?
-Ahí en Plaza Italia,
¿vos? No te vi.
-No, yo tampoco
te vi...
Y ellos nunca sabrán que yo lo supe todo el
tiempo.
Dame todas tus monedas
No voy a mentir, estábamos en un estado bastante irreal. Las intoxicaciones primarias habían pasado y ahora sólo quedaban las irremediables ganas de jugar juegos de cartas. La explicación es que las cartas estaban en la cajita de madera, en donde nadie, pero nadie se podía imaginar que había cartas. “Es claramente una caja de sahumerios” dijo Paco cuando lo reté a adivinar qué había adentro. Cuando descubrió el verdadero contenido tuve que inventar, con las pocas velocidades de las que podía hacer uso, un juego que, al parecer, mucho sentido no tenía.
-Cada uno intenta adivinar quién va a sacar la carta más alta. Hacemos apuestas iniciales, y a medida que vamos sacando cada uno una carta vamos haciendo más apuestas.
Después de jugar veinte minutos todavía no estábamos muy seguros si el que ganaba era el que sacaba la carta más alta, el que había adivinado quién la sacaba, o el que quedaba cuando los otros se habían bajado de las apuestas. Como resolver ese conflicto implicaba duelos a muerte y alguna que otra lucha en el lodo[1], nos pusimos a jugar al póker.
Jugamos durante horas y horas, o por ahí durante cinco minutos, nadie sabe. Cuando íbamos por la enésima mano, las tensiones se habían afilado, nos mirábamos paranoicos tratando de leer los gestos ajenos, o los propios, e incluso tratando de darnos cuenta si lo que había en las cartas era un trébol, un corazón o un melocotón.
Rosco empezó a sudar, las tres cartas de sus manos resbalaban y se doblaban en su contorsionado aprisionamiento. Nos miraba sin pestañar, oculto detrás de ese abanico improvisado.
Sin aviso, puso todas sus monedas en el centro de la mesa y gritó:
-¡Yo apuesto a que Paco saca la carta más alta!
-Pero Rosco, ¿vos te diste cuenta que dejamos de jugar a eso hace media hora, y ahora estamos jugando al póker?
Asustado y sin asumir la derrota, se abalanzó sobre el pozo (unos tres pesos en total en moneditas de diez, quince y veinticinco) y salió corriendo por la escalera. Nunca más volvimos a saber de él.
El Camión Floreado
-Es la lógica -me decía-, no importa lo que pienses, ¡es la lógica!
Claro, él no sabe que yo me dedico más que nada a las ilogías, y no tanto a la lógica, pero tampoco quiero desilusionarlo. Quizá debería hacerme una tarjeta de presentación: "Sir Henry McPotus, ilógico". No, mejor "violador de lógicas", tiene más estilo. Es verdad eso de que los taxistas tienen una filosofía un tanto cabeza, como este que decía que era "la lógica" que el hombre mantuviera a la mujer, y que por eso su hijo tenía que estudiar derecho, y no teatro. Yo quise contradecirlo, hasta que me di cuenta que mi novio iba a tener que bajar a pagarme el taxi, pequeñas casualidades de la vida.
-Y, claro que él tiene que venir a pagarte el taxi, porque el hombre tiene que mantener a la mujer.
Había una vez, me encontré con el mejor taxista de todo el universo. Tan indignado porque los camioneros ganaran más que los médicos, que sostenía que todo el mundo, si quería vivir bien, tenía que aprender a manejar camiones.
-¿Vos qué estudiás? -me dijo.
-Mmm... historia del arte.
-Bueno, ahí tenés, te vas a cagar de hambre toda la vida.
-No, claro que no, voy a poner una panchería con mis colegas.
-No, vos lo que tenés que hacer es aprender a manejar un camión. ¿Qué estudiás? Arte... entonces le pintás toas flores de colores por afuera y enseñás arte mientras manejás el camión. Imponés una nueva moda, "el camión floreado".
-Es una buena idea, de hecho... ¿la patente está pendiente o...?
-Además, hay otra cosa, ¿vos sos mujer?
¿Es una pregunta o una aclaración? Creo que hoy se nota particularmente que soy una mujer.
-Vos como mujer, vas a tener un hombre que te mantenga. Por eso a mi hijo, que quería estudiar teatro, le dije "Si querés estudiar teatro, agarrás tus cosas, te vas de la casa, te conseguís un trabajo, y estudiás teatro. Te vas a cagar de hambre, ¡acostumbrate! Es la vida que vas a tener". Ahora estudia derecho, le va bien. Así, algún día va a poder mantener a su mujer, a una chica como vos, para que ella pueda hacer arte mientas él trabaja.
¡¿Qué carajo?!
...
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